Parábolas Para El Alma

¿Cubres con pasta lo que nadie verá antes de abrir tu puerta?

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¿Cubres con pasta lo que nadie verá antes de abrir tu puerta?

La plomada quieta

“Lidia prepara en casa el salón de belleza que soñó durante años, con citas ya apuntadas y pagos pendientes. La urgencia de abrir empieza a chocar con lo que exige hacer bien el trabajo.”

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Lidia había soñado durante años con su propio salón de belleza. Lo armó en un cuarto de su casa, con lo que ahorraba de las propinas y de cada manicura que hacía a domicilio. Compró el espejo grande, las sillas reclinables y los estantes de vidrio a plazos, firmando papeles que la obligaban a pagar el primer día del mes siguiente. Para alcanzar esa fecha tenía que inaugurar pronto, así que llenó su agenda del celular con citas: las vecinas, las amigas de las vecinas, mujeres que llevaban semanas esperando el día de la apertura.

La renovación iba contra reloj. Entre ladrillos apilados, cubetas de mezcla y un andamio apoyado junto al muro recién repellado, el maestro albañil trabajaba de prisa para entregar a tiempo. Una tarde, mientras Lidia revisaba dónde colgar el espejo, notó que la plomada que el maestro había dejado suspendida frente a la pared no tocaba el muro abajo. La cuerda colgaba inmóvil, recta como una verdad, y entre ella y el repello había un espacio que se abría hacia el piso. La pared estaba torcida.

El maestro se acercó, miró la plomada y se encogió de hombros.

—Eso lo arreglamos con pasta y nadie lo nota, señora. Le doy una mano de acabado, pinta encima, y el lunes abre como tenía pensado. Si rompemos para enderezar, perdemos toda la semana.

Lidia se quedó mirando la cuerda quieta. Pensó en las citas pagadas, en el plazo del primero, en lo que costaría empezar de nuevo. Pero también pensó en el estante de vidrio cargado de frascos que iría montado sobre esa pared, justo encima de la cabeza de sus clientas.

—Si está torcida, está torcida aunque la cubramos —dijo al fin—. Rehágala bien.

Canceló las primeras citas una por una. A cada vecina le explicó la verdad: la pared no quedó derecha y no iba a montar nada sobre algo que pudiera ceder. Perdió esa semana. Perdió dinero que no tenía. El plazo del primero lo cubrió con más sacrificio del que había calculado.

Lo que no calculó fue lo que vino después. Las mismas vecinas a las que canceló empezaron a hablar de ella en el vecindario. No contaban que se había atrasado; contaban que Lidia no escondió una falla que podía caerles encima. Una le dijo a otra: "A esa mujer le confías la cabeza tranquila, porque no te engaña ni en lo que no ves". El salón abrió dos semanas tarde, pero abrió lleno, y siguió lleno. El retraso que parecía una pérdida se volvió su mejor recomendación.

Moraleja: Cuántas veces, como Lidia frente a la plomada, nos vemos tentados a cubrir con una mano de pasta lo que quedó torcido, porque corregirlo cuesta tiempo, dinero y compromisos ya hechos. Nos decimos que nadie lo va a notar, que el acabado bonito alcanza, pero lo que queda mal debajo puede dañar a otros. Recordemos que la integridad no es solo cuidar lo visible; es enderezar lo oculto antes de poner encima el espejo, la pintura o la explicación conveniente. Corregir a tiempo puede retrasar una apertura, pero también puede sostener una confianza que ningún arreglo rápido podría comprar.

Versículo

El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado. – Proverbios 10:9

Reto para hoy

Esta semana, si estás por entregar un trabajo, cerrar una venta o terminar un arreglo en casa, revisa lo que nadie más va a mirar. ¿A quién tendrías que avisarle antes de que el problema quede cubierto? Hoy elige un pendiente concreto, nombra la falla sin adornos y escribe a la persona afectada antes de dormir. Si corregirlo retrasa algo, propón una nueva fecha honesta en vez de una excusa bonita.

Oración

Dios, ayúdame a no proteger mi imagen a costa de la verdad. Perdóname por el atajo que quiero tomar cuando nadie está mirando. Dame valor para hablar hoy con la persona que podría ser afectada por mi silencio. Enséñame a corregir lo torcido antes de cubrirlo, aunque me cueste tiempo o dinero. Amén.

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