Parábolas Para El Alma

El espejo del charco: mira tu descuido antes de acusar

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El espejo del charco: mira tu descuido antes de acusar

“Un pavo real encuentra una mancha de lodo en su cola y busca a quién culpar. En el patio recién lavado por la lluvia, su orgullo pone a prueba la paciencia de una gallina inocente.”

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En el patio de una posada tranquila, después de una larga lluvia, un pavo real paseaba con la cabeza muy en alto. Estaba orgulloso de su cola, esa cola de colores que abría como un abanico para que todos la admiraran. Aquella mañana, sin embargo, descubrió con horror que una de sus plumas más hermosas tenía una mancha de lodo. Furioso, buscó con la mirada a quién culpar.

No muy lejos, una gallina picoteaba entre los charcos en busca de algún grano. El pavo real se acercó a grandes pasos y la señaló con desprecio.

—¡Mira lo que has hecho! —le gritó—. Has ensuciado mi cola con tu torpeza. Andas escarbando el barro y salpicas a quien pasa.

La gallina levantó la cabeza, sorprendida.

—Perdona, pero yo no me he acercado a ti en toda la mañana. Si me dejas explicarte…

—No tengo nada que escuchar de alguien tan común como tú.

El pavo real la interrumpió levantando aún más la cabeza.

—Una gallina jamás entendería el cuidado que merece una belleza como la mía.

Y le dio la espalda con desdén, seguro de tener la razón. La gallina, que de verdad no había hecho nada, bajó la cabeza y volvió en silencio a su rincón.

Entonces el pavo real, todavía molesto, se acercó a un gran charco que la lluvia había dejado en medio del patio. Quería mirarse en el agua y consolarse con su propio reflejo. Se inclinó sobre la superficie quieta y abrió la cola para admirarla. Esperaba ver allí la misma belleza que todos comentaban, y tal vez encontrar otra razón para alimentar su enojo.

Fue en el espejo del charco donde lo vio todo. Su preciosa cola, esa que tanto presumía, se arrastraba por detrás sin que él lo notara. Al pasear con la cabeza tan alta, la había llevado por encima del lodo de los charcos. La mancha que tanto le dolía no venía de la gallina. Venía de su propio descuido, de andar tan ocupado en mirar hacia arriba que nunca miró lo que dejaba atrás.

El pavo real se quedó callado frente al agua. La acusación que había lanzado con tanta fuerza se volvió contra él. La gallina era inocente, y el único culpable era quien tanto se había enojado.

Cuántas veces nosotros hacemos lo mismo. Una pequeña ofensa nos parece tan grave que de inmediato buscamos un culpable, levantamos la voz y condenamos sin escuchar. Y, como el pavo real, nos negamos a oír la explicación del otro porque estamos seguros de tener la razón. Pero basta inclinarnos un momento y mirarnos con honestidad para descubrir que muchas veces la mancha que reprochamos salió de nuestro propio descuido.

Recordemos esto: el orgullo convierte una mancha pequeña en una acusación injusta, pero la humildad abre la puerta al perdón. Antes de señalar a quien tienes enfrente, inclínate sobre tu propio charco. Quizás descubras que la disculpa que estabas esperando recibir es, en realidad, la que te toca dar.

Versículo

¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? – Mateo 7:3

Reto para hoy

Esta semana, cuando un mensaje, una demora o un comentario te moleste, no respondas en caliente. Antes de señalar a esa persona, revisa qué parte pudo venir de tu cansancio, tu descuido o tu orgullo. ¿A quién tendrías que escribirle hoy para pedir perdón por haberlo acusado sin escuchar? Mándale un mensaje antes de dormir y empieza con: "Me precipité; perdóname".

Oración

Dios, muéstrame cuando estoy juzgando rápido porque me siento herido u ofendido. Ayúdame a detenerme antes de acusar a esa persona que hoy me cuesta escuchar. Dame humildad para mirar mi parte y pedir perdón con palabras sencillas, sin excusas. Que esta semana pueda dar el primer paso hacia la reconciliación. Amén.

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