Devocionales

Jehová es mi luz y mi salvación

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Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?

Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? — Salmo 27:1 — RVR1960

Jehová es mi luz y mi salvación;
¿de quién temeré?

Se fue la luz en toda la cuadra una noche de tormenta. Yo estaba sola en la cocina, con la olla a medio hervir y las manos llenas de harina, cuando todo quedó negro de golpe. Por un segundo se me olvidó dónde estaba parada. La mesa que había tocado mil veces, la ventana, la puerta del patio: nada había cambiado, pero yo ya no lo veía, y el corazón se me apretó como si la cocina entera se hubiera esfumado.

Me quedé quieta, respirando raro, buscando con la mano algo firme. Y me di cuenta de una cosa tonta y grande a la vez: la oscuridad no se había llevado nada. Todo seguía en su lugar. Lo único que había perdido era la capacidad de verlo. La verdad no se apaga cuando se apaga la luz; solo se esconde.

Así me pasa con Dios cuando llega el miedo. No es que Él se vaya. Es que dejo de verlo, y entonces siento que la vida entera se me borró. Empiezo a razonar, a explicarme por qué no debería tener miedo, como quien busca el interruptor a tientas y se golpea con todo.

Esa noche no encontré la vela. Encontré otra cosa. Recordé que David, rodeado de enemigos, no negó la oscuridad ni fingió valentía. Hizo algo más sencillo: dijo en voz alta quién estaba con él. «Jehová es mi luz y mi salvación.» No dijo que no había noche. Dijo de quién era la noche.

Y entendí que un faro alumbra, pero no puede bajar del acantilado a buscarte en el agua. Dios hace las dos cosas: es la luz en lo alto y es Aquel que sale al mar por ti. No solo me muestra el camino; viene a rescatarme.

Así que dejé de buscar el interruptor sola. Hice lo que hace un niño asustado: llamé. «Aquí estoy, Señor, y tengo miedo.» No hubo relámpago ni voz. Hubo algo mejor: la certeza tranquila de ser escuchada por Alguien que ama, que está despierto, cerca, y viene. La cocina seguía oscura. Pero yo ya no estaba sola en ella.

Oración

Señor, cuando se me apaga la luz por dentro y siento que todo desapareció, recuérdame que Tú no te has movido. Nada de lo que amas se ha perdido; solo mis ojos dejaron de verlo. Perdóname por buscar a tientas la calma por mi cuenta, golpeándome con mis propios razonamientos, tratando de convencerme de que no tengo miedo. Hoy quiero hacer lo que hace un niño en la oscuridad: no fingir valentía, sino llamarte. Aquí estoy, y tengo miedo, y Tú estás despierto. Gracias porque no eres solo la luz que me muestra el camino desde lejos; eres también mi salvación, el que sale a buscarme donde estoy hundida. Sé mi luz cuando no vea nada. Sé mi rescate cuando no pueda salir sola. Enséñame a nombrarte en medio de la noche en lugar de negar que es de noche. Que mi corazón descanse en esto: Tú me oyes, me amas, estás cerca y vienes. Y si Tú eres mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré? Amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida siento que la verdad ‘desapareció’, cuando en realidad solo dejé de verla?
  • ¿Qué temo hoy, y qué pasaría si en lugar de razonarlo, simplemente se lo dijera a Dios en voz alta?
  • ¿Reconozco a Dios solo como luz que orienta, o también como Salvador que viene a rescatarme? ¿Por qué?
  • ¿Cómo sería ‘llamar como un niño asustado’ en mi situación actual, en lugar de buscar la salida yo sola?
  • ¿Qué cambiaría en mi miedo si creyera de verdad que Alguien que me ama está despierto, cerca y viene?
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