Devocionales

Yo te instruiré en el camino

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Yo te instruiré, y te enseñaré el camino en que debes andar.

Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. — Salmo 32:8 — RVR1960

Yo te instruiré, y te enseñaré el camino en que debes andar.

Hay una encrucijada en mi vida desde hace semanas, y no logro dar un paso. Dos caminos se abren delante de mí, y ninguno tiene un letrero. Me quedo parada, dándole vueltas al asunto, midiendo cada opción como si de mi acierto dependiera todo. La noche me encuentra despierta, repitiendo las mismas preguntas sin respuesta.

Esa tarde miré por la ventana a los niños del vecindario. Uno de ellos, pequeñito, corría por la vereda sin pensarlo, riéndose, seguro de que alguien lo cuidaba. Cuando llegaba a la esquina, se detenía y buscaba con los ojos a su mamá. Ella asentía, y él volvía a correr. No sabía a dónde iba, pero sabía quién lo miraba.

Sentí una punzada de envidia. ¿Cuándo perdí esa libertad? De adultos cargamos el peso de decidir como si estuviéramos solos, como si Dios nos hubiera dejado un mapa borroso y luego se hubiera ido. Y entonces recordé que no es así.

Señor, le dije con toda honestidad, no sé cómo reconocer tu voz. No sé cuál camino es el tuyo. Confieso que me he quedado congelada, esperando una señal que no llega. Y en ese momento no recibí la respuesta que buscaba. No se abrió el cielo con una flecha luminosa. Pero algo más profundo se acomodó en mi pecho: no soy yo la que tiene que descifrar todo. Instruir es tarea suya.

El Salmo 32 dice que sus ojos están sobre mí. No promete un letrero grande ni un método infalible. Promete su mirada atenta, su enseñanza paciente, su compañía en la bifurcación. Yo no tengo que ver el final del camino. Solo tengo que saber a quién mirar cuando llegue a la esquina.

Sigo sin saber cuál sendero tomar. La decisión no se ha resuelto sola. Pero he cambiado la pregunta. Ya no me pregunto obsesivamente qué hacer, sino que le pregunto a Él, y descanso en que su ojo está sobre mí. El niño no corría porque conociera la ruta. Corría porque conocía a su madre. Y yo puedo caminar así, un paso a la vez, sabiendo quién me guía.

Oración

Padre, vengo a ti con las manos vacías y el corazón dividido. Estoy parada frente a decisiones que me superan, y he tratado de resolverlas sola, como si tú no estuvieras. Perdóname por creer que todo dependía de mi acierto. Confieso que muchas veces no sé reconocer tu voz ni distinguir tu camino, y eso me llena de temor. Pero hoy quiero descansar en tu promesa: que tus ojos están sobre mí, que tú te encargas de instruirme y enseñarme el camino en que debo andar. No necesito ver todo el sendero de una vez; solo necesito confiar en que tú lo ves. Enséñame a caminar como un niño que corre seguro porque sabe quién lo cuida. Quita de mí la parálisis del miedo y dame la paz de saber que no estoy sola en la encrucijada. Guíame, Señor, a tu tiempo y a tu manera. Y mientras espero, sostén mi mano y aquieta mi corazón. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué decisión te tiene paralizado en este momento, y qué es lo que más temes al equivocarte?
  • ¿Has estado tratando de descifrar el camino tú solo, en lugar de preguntarle a Dios? ¿Cómo sería entregarle esa carga?
  • ¿Qué significa para ti que los ojos de Dios estén sobre ti, aunque el camino no sea claro?
  • Recuerda un momento en que Dios te guió sin que tú vieras el final. ¿Qué aprendiste de su fidelidad?
  • ¿Cómo cambiaría tu paz si dejaras de buscar la respuesta y empezaras a confiar en Quien la tiene?
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