Devocionales

Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

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Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? — Romanos 8:31 — RVR1960

Si Dios es por nosotros,
¿quién contra nosotros?

El otro día llevé a mi sobrino al parque, y hubo un momento en que lo perdí de vista apenas unos segundos. Yo estaba justo detrás de un árbol, a pocos pasos, atándome el zapato. Pero para él, en ese instante, el mundo entero se había vaciado. Levantó la cabeza, no me encontró, y su carita se derrumbó. Empezó a llorar como si lo hubieran dejado solo para siempre.

Yo lo veía todo el tiempo. Nunca dejé de estar. Estaba tan cerca que podía escuchar su respiración agitada. Salí del otro lado del árbol, lo alcé, y en un segundo el llanto se apagó contra mi hombro.

He pensado mucho en esa escena porque yo también he llorado así. He tenido temporadas en las que sentí que Dios se había marchado, que me había dejado sola con el problema, que el silencio del cielo era prueba de su ausencia. Y susurré, más de una vez, esa pregunta honesta y temblorosa: «¿De verdad estás conmigo en esto?».

Romanos 8 no me dice que nada vendrá contra mí. Al contrario, unos versículos después menciona la angustia, la persecución, el peligro, la espada. Pablo no promete una vida sin tormentas. Lo que promete es algo mucho más firme: que en medio de todo eso, Dios está de mi lado. «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?».

Eso me cambió el peso de la pregunta. Ya no se trata de si siento a Dios cerca. Se trata de un hecho que no depende de mis emociones. Él fue por mí todo el tiempo que no pude verlo. Estaba detrás del árbol, por así decirlo, viéndome, sin haberse movido ni un paso.

El valor no me nace de que se acaben los problemas. Me nace de saber quién está conmigo mientras los enfrento. Un niño valiente no es el que no tiene miedo; es el que sabe que su padre volverá a entrar por la puerta.

Y lo hermoso es que, cuando por fin lo vi, Dios no me regañó por haber dudado. Me alzó. Me sostuvo contra su hombro hasta que la respiración se me calmó. Esa es la clase de Padre que tengo. Y esa es la razón por la que puedo ponerme de pie otra vez.

Oración

Padre, gracias porque tu presencia no depende de lo que yo sienta. Confieso que muchas veces he creído que te habías ido solo porque no podía percibirte. Perdóname por medir tu cercanía con mis emociones, cuando tú nunca te has movido de mi lado. Gracias porque fuiste por mí incluso en los días en que no lo veía, incluso cuando susurré con miedo si de verdad estabas ahí.

Hoy quiero apoyarme en lo que es cierto y no solo en lo que siento. Tú eres por mí. Y si tú estás de mi lado, no hay nada ni nadie que pueda decidir mi historia por encima de tu amor. Dame el valor que nace de saberme acompañada, no de que se acaben los problemas. Cuando venga la angustia, la incertidumbre o el silencio, recuérdame que estás detrás de la puerta, a punto de entrar, viéndome todo el tiempo.

Alzame como alzas a un hijo asustado. No para regañarme, sino para sostenerme hasta que se me calme la respiración. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área de mi vida siento que Dios se ha alejado, aunque sé que no es cierto?
  • ¿Cómo cambiaría mi día si viviera desde el hecho «Dios es por mí» y no desde lo que siento?
  • ¿Qué situación estoy enfrentando ahora que necesita valor, no ausencia de problemas?
  • ¿Recuerdo un momento en que Dios estuvo conmigo aunque no lo percibía en su instante?
  • ¿Qué palabra le diría a Dios si pudiera dejar que me alce en vez de esconderme?
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