El que comenzó en ti la buena obra la terminará
Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. — Filipenses 1:6 — RVR1960

Sembré unas semillas de tomate en una maceta del balcón. Cada mañana, con mi café en la mano, me asomaba a mirar. Y cada mañana veía lo mismo: tierra. Tierra oscura, quieta, sin ninguna señal de vida. Después de una semana empecé a dudar. «Quizás las enterré demasiado hondo. Quizás la semilla estaba mala. Quizás no va a salir nada.»
Lo que yo leía como fracaso era, en realidad, trabajo escondido. Bajo esa tierra que parecía dormida, la semilla se estaba abriendo, echando raíz, empujando hacia arriba en la oscuridad. No pasaba «nada» a la vista. Pasaba todo por dentro.
Cuántas veces le he hecho a Dios el mismo reclamo que le hacía a mi maceta. Miro un área de mi vida que llevo tiempo entregándole —una relación tensa, un defecto que no logro soltar, una oración que repito sin ver respuesta— y como no veo el brote, concluyo que Dios se olvidó. Que quedó a medias. Que ese pedazo mío es un caso perdido.
Pero verde no es podrido. Sin madurar no es dañado. Y sin terminar no es abandonado.
El apóstol Pablo lo entendió y por eso escribió con tanta confianza: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará». Fíjate en quién hace el trabajo. No dice que tú la terminarás con más esfuerzo. Dice que Él, el que empezó, es el mismo que la va a completar. Tu paciencia no sostiene la obra; la sostiene su fidelidad.
Esa espera que se siente como tiempo perdido es, muchas veces, el lugar exacto donde Dios está formando raíz. El sol, la lluvia y los días callados que parecen «no hacer nada» son las condiciones precisas que producen el fruto dulce. Lo lento no es lo abandonado.
Así que hoy, si estás mirando tu maceta y solo ves tierra, respira. Dios no dejó la obra a la mitad porque se distrajo. La dejó creciendo donde tú todavía no puedes verla. Y el que la comenzó tiene toda la intención, y todo el poder, de terminarla.
Oración
Padre, gracias porque tú no dejas nada a la mitad. Perdóname por confundir tu silencio con tu ausencia, y mi espera con tu olvido. Cuando miro las áreas de mi vida que llevan tanto tiempo sin cambiar, ayúdame a recordar que verde no es podrido y que lo sin terminar no es lo abandonado. Tú estás trabajando bajo la superficie, en la raíz que yo no veo. Dame paciencia para confiar en tu ritmo y no en el mío. Enséñame a descansar en que la obra no depende de mi esfuerzo, sino de tu fidelidad; que tú, el que comenzaste, eres el mismo que la vas a completar. Cuando me tiente la impaciencia, recuérdame el sol y la lluvia que hacen dulce el fruto en los días callados. Aquiétame el corazón. Que aprenda a esperar contigo, seguro de que lo que empezaste en mí lo terminarás. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué área de mi vida estoy interpretando como un fracaso, cuando quizás solo está sin madurar?
- ¿En qué se parece mi impaciencia a mirar la maceta esperando ver el brote antes de tiempo?
- ¿Qué significa para mí que Dios, y no mi esfuerzo, es quien termina la obra?
- ¿Puedo recordar un momento en que un tiempo de espera resultó ser tiempo de crecimiento escondido?
- ¿Cómo cambiaría hoy si creyera de verdad que lo sin terminar no es lo abandonado?



