Devocionales

La fe mueve montañas

3 min de lectura
Con fe como un grano de mostaza, nada te será imposible.

Porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. — Mateo 17:20 — RVR1960

Con fe como un grano de mostaza, nada te será imposible.

Hay una oración que dejé de hacer. No de golpe, sino como se apaga una vela: primero temblando, luego rendida. Durante años pedí lo mismo, y durante años el silencio parecía la única respuesta. Un día simplemente dejé de mencionarlo. Me convencí de que era madurez, de que había aprendido a aceptar. Pero en el fondo no era aceptación; era cansancio disfrazado de paz.

Esta semana volví a acordarme de esa montaña que un día quise mover. La sentía tan enorme, tan antigua, tan clavada en su lugar, que yo me veía diminuta frente a ella. ¿Qué podía hacer mi oración pequeña contra algo tan grande? Y sin embargo, ahí estaba de nuevo, delante de mí, esperando.

Me consuela recordar a quienes esperaron más que yo. Abraham envejeció aguardando un hijo. Ana lloró año tras año en el templo, con los labios moviéndose sin voz. El pueblo caminó cuarenta años mirando montes que parecían no terminar nunca. Moisés vio la tierra prometida sin pisarla. Ninguno de ellos oró en vano, aunque muchas veces oraron sin ver.

Jesús no dijo que necesitábamos una fe gigante. Dijo que bastaba una fe del tamaño de un grano de mostaza, esa semilla casi invisible. No me pide fuerza para empujar la montaña con mis manos. Me pide que confíe lo suficiente para volver a hablarle a Él de ella. La fe no mide el tamaño del obstáculo; mide de quién estamos esperando la respuesta.

Miro otra vez ese monte que creía inamovible y noto algo que antes no veía: un borde de luz cálida asomando por la cima. No sé si la montaña se moverá como yo imaginaba. Quizás Dios la mueva de mí antes de moverla de mi camino. Pero he decidido dejar de tratar mi silencio como sabiduría. Hoy vuelvo a arrodillarme y vuelvo a pedir.

Si tú también guardaste una oración en un cajón porque dolía demasiado repetirla, sácala hoy. No tienes que traer fe enorme. Trae la que tienes, aunque quepa en la palma de la mano, y ponla otra vez en manos de Dios. Él no se cansa de escuchar lo que a nosotros nos cansa pedir.

Oración

Padre, vengo a Ti con una oración que había guardado. La dejé de decir porque me pesaba el silencio, porque me convencí de que ya no valía la pena esperar. Perdóname por confundir el cansancio con la rendición y por creer que mi montaña era más grande que Tu poder. Hoy vuelvo a traértela. No tengo una fe enorme, Señor; tengo apenas un grano, pero lo pongo entero en Tus manos. Enséñame a orar con persistencia, como Ana, como Abraham, como los que esperaron largamente y no fueron avergonzados. Ayúdame a confiar aunque no vea moverse nada todavía. Y si Tu respuesta tarda, sostén mi corazón para que no suelte la esperanza. Que la luz que asoma sobre la montaña me recuerde que Tú sigues presente, que Tú sigues obrando, incluso en lo que parece inmóvil. Devuélveme las ganas de hablarte de lo que más me duele. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué oración dejaste de hacer porque el silencio te cansó?
  • ¿En qué momento confundiste el cansancio con la aceptación o la madurez?
  • ¿Qué montaña te parece hoy demasiado grande para tu fe pequeña?
  • ¿Qué historia bíblica de espera larga te consuela más y por qué?
  • ¿Qué oración vas a volver a poner hoy en manos de Dios?
Compartir artículo:
https://renuevo.com/la-fe-mueve-montanas.html

Deja un comentario