Devocionales

Dios me viste con su armadura

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Dios me viste con su armadura; camino cubierto por su fuerza.

Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. — Efesios 6:11 — RVR1960

Dios me viste con su armadura; camino cubierto por su fuerza.

Cada mañana, antes de salir al jardín, mi sobrina se pone unas botas de lluvia amarillas. No importa si hay sol, si el cielo está limpio, si no ha caído una sola gota en semanas. Se las pone igual. «Por si acaso», me dice muy seria, como si el mundo entero pudiera cambiar en un instante y ella tuviera que estar lista. Y la verdad es que tiene razón. Un día la vi pisar sin miedo un charco que a mí me habría mojado los calcetines. Ella siguió caminando, tranquila, protegida, sonriendo. Ya estaba cubierta antes de que el charco apareciera.

Durante mucho tiempo yo esperaba a que llegara el problema para pedirle fuerza a Dios. La ansiedad me alcanzaba primero, la mentira se me metía en la cabeza primero, la culpa me hablaba primero, y solo entonces yo corría a orar, descalza y empapada. Pablo nos enseña otra cosa. «Vestíos de toda la armadura de Dios», dice, y esa palabra, «vestíos», es algo que se hace antes, no durante. Antes de que el día empiece a golpear.

He aprendido a nombrar cada pieza como quien se abrocha las botas. La verdad, para cuando lleguen las mentiras sobre quién soy. La justicia de Cristo, para cuando la culpa quiera acusarme de algo ya perdonado. El calzado de la paz, para cuando la prisa y el miedo intenten descalzarme. El escudo de la fe, para cuando la duda dispare sus «¿y si…?». El casco de la salvación, para cuando el enemigo quiera hacerme olvidar de quién soy hija. Y la espada del Espíritu, la Palabra, para cuando yo no sepa qué decir.

Lo que más me consuela es esto: la batalla casi nunca es ruidosa. No llega con trompetas. Llega en un comentario, en un pensamiento pequeño, en un cansancio que susurra que me rinda. El enemigo trabaja en lo cotidiano, en lo que casi ni notamos. Por eso el «por si acaso» de mi sobrina me predica.

Hoy no espero a que caiga la lluvia. Me visto de Dios desde temprano. No porque yo sea fuerte, sino porque Él ya me cubrió. Camino tranquila, protegida, pisando charcos sin miedo. Ya estoy vestida.

Oración

Señor, gracias porque no me mandas a la batalla desnuda ni sola. Antes de que el día comience, tú ya tienes lista tu armadura para mí. Vísteme hoy de verdad, para no creer las mentiras sobre quién soy. Vísteme de tu justicia, para que la culpa no acuse lo que tú ya perdonaste. Calza mis pies con tu paz, para que la ansiedad no me tumbe. Dame el escudo de la fe para apagar cada duda encendida, el casco de tu salvación para recordar que soy tuyo, y la espada de tu Palabra para hablar cuando yo no tenga palabras. Enséñame a reconocer las batallas pequeñas y silenciosas, esas que llegan sin ruido en un pensamiento o un cansancio. Que no espere a estar empapado para correr a ti. Que me vista temprano, confiado, no en mis fuerzas sino en las tuyas. Recuérdame, cuando el miedo susurre, que ya estoy cubierto por ti. Y así, protegido por tu mano, déjame caminar tranquilo todo el día. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué momento del día suelo esperar el problema en vez de prepararme antes con Dios?
  • ¿Cuál de las piezas de la armadura necesito más hoy: la verdad, la justicia, la paz, la fe, la salvación o la Palabra?
  • ¿Qué batalla pequeña y silenciosa he estado peleando sin darme cuenta de que era espiritual?
  • ¿Qué mentira sobre mi identidad necesito reemplazar con lo que Dios dice de mí?
  • ¿Cómo cambiaría mi mañana si me vistiera de Dios antes de que el día empiece a golpear?
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