Devocionales

Jehová está cerca de todos los que le invocan

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Jehová está cerca de todos los que le invocan de veras.

Cercano está Jehová a todos los que le invocan, a todos los que le invocan de veras. — Salmo 145:18 — RVR1960

Jehová está cerca de todos los que le invocan de veras.

Hubo una temporada en la que oraba y sentía que hablaba con una pared. Las palabras salían, subían un poco y caían al piso, como si nadie las recibiera. No era que dudara de que Dios existe; era que lo sentía lejos, del otro lado de un cristal grueso, mirándome sin acercarse.

Me acuerdo de una tarde en la cocina, con el café ya frío entre las manos. No tenía fuerzas para armar una oración bonita. Solo dije, casi en un susurro: «Aquí estoy. Si estás cerca, no me sueltes». No sentí un rayo de luz ni una emoción tibia en el pecho. Nada cambió por fuera. Y sin embargo seguí ahí, sentada, repitiendo esa frase pequeña como quien sostiene una cuerda en la oscuridad.

Esos días aprendí algo que me sostiene hasta hoy: la cercanía de Dios no es un sentimiento que sube y baja con mi ánimo. Es una promesa. El salmo no dice «Jehová está cerca de los que lo sienten cerca». Dice que está cerca de todos los que le invocan de veras. Invocar es suficiente. No hace falta sentirlo perfecto; hace falta llamarlo con verdad.

Descubrí que el silencio no siempre es distancia. A veces Dios está tan cerca que ya no necesita hacer ruido. Como un padre que se sienta junto a la cama de su hijo enfermo y no dice nada, solo se queda. El niño se duerme creyendo que está solo, y toda la noche esa presencia estuvo ahí, respirando a su lado.

Santiago lo pone como una invitación con respuesta segura: «Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros». No promete emociones. Promete a Él mismo. Así que ahora, cuando la oración se siente hueca, no me rindo. Sigo invocando. Confío en que Él está más cerca de lo que mis sentimientos alcanzan a medir. Y muchas veces, semanas después, me doy cuenta de que nunca me soltó.

Oración

Señor, hoy vengo aunque no te sienta. A veces mis oraciones me parecen palabras que se pierden en el aire, y el silencio me pesa. Pero tu Palabra me dice que estás cerca de todos los que te invocan de veras, y yo quiero creerte más de lo que quiero sentir algo. Aquí estoy, invocándote con verdad. No me sueltes.

Gracias porque tu cercanía no depende de mi ánimo ni de mi buen día. Tú no te alejas cuando yo me desanimo. Enséñame a descansar en tu promesa cuando mis emociones me digan lo contrario. Ayúdame a seguir hablándote en el silencio, confiando en que me escuchas antes de que yo termine la frase.

Acércame a ti, y cúmpleme esa palabra tan tierna: que si me acerco, tú te acercas también. Quédate a mi lado, aunque yo no lo perciba, como un padre que vela junto a su hijo dormido. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué momento reciente sentí que Dios estaba lejos, aunque yo seguía orando?
  • ¿Qué diferencia hay entre creer que Dios está cerca y sentir que está cerca?
  • ¿Cómo sería seguir invocando a Dios incluso cuando la oración se siente vacía?
  • ¿En qué área de mi vida necesito confiar en la promesa más que en mis emociones?
  • ¿Puedo recordar una temporada en que después me di cuenta de que Dios nunca me había soltado?
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