El Señor es lento para la ira
Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse. — Santiago 1:19 — RVR1960

Hace poco me quedé sin señal justo cuando intentaba resolver un trámite por teléfono. Llevaba media hora esperando en la línea, escuchando la misma musiquita, cuando la llamada se cortó. Sentí que algo se encendía por dentro, ese calor que sube rápido y busca a quién culpar. Colgué de golpe y descargué mi molestia con la persona equivocada: mi esposo, que apenas había entrado por la puerta.
Esa noche, ya en silencio, me di cuenta de lo poco que me costó estallar. No fue el trámite. Fue que yo estaba lista para reaccionar. Bastó un empujoncito para que saliera lo que ya traía dentro. Y me dolió reconocerlo, porque quiero ser una mujer paciente, alguien que escucha antes de hablar. Pero la verdad es que, en el calor del momento, soy rápida para enojarme y lenta para entender.
Abrí mi Biblia y encontré las palabras de Santiago: pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse. Me detuve ahí. Ese orden no es casualidad. Primero escuchar, después medir mis palabras, y solo entonces, muy despacio, dejar que llegue el enojo, si es que debe llegar. Yo suelo hacerlo al revés.
Entonces entendí algo que me trajo alivio. La paciencia no es un músculo que aprieto con más fuerza de voluntad. Cada vez que lo intento sola, termino agotada y volviendo a estallar. La paciencia es algo tierno que se cultiva, como una planta pequeña que no se puede apurar. Y quien la hace crecer no soy yo: es Dios.
Él mismo es lento para la ira. Ha sido paciente conmigo mil veces, cuando yo no lo merecía, cuando reaccioné mal, cuando le fallé. Si Él me trata así, con esa calma que no se agota, entonces puedo pedirle que ponga en mí un poco de esa misma calma.
Ahora, cuando siento que el calor empieza a subir, ya no me digo «cálmate» como una orden. Respiro y digo: «Señor, sé Tú paciente en mí». Y en esa pequeña entrega, algo se ablanda. No porque yo sea fuerte, sino porque Él es tierno.
Oración
Padre, Tú eres lento para la ira y grande en misericordia. Cuántas veces has esperado por mí con paciencia, cuando yo reaccioné mal, cuando hablé de más, cuando dejé que el enojo mandara. Gracias por no tratarme como merecen mis días impacientes.
Hoy reconozco delante de Ti que no logro ser paciente por mi propia fuerza. Lo he intentado y termino agotada, volviendo a estallar por cosas pequeñas. Confieso que muchas veces soy rápida para hablar y lenta para escuchar, justo al revés de lo que Tú me enseñas.
Te pido que produzcas en mí esta paciencia que no sé fabricar. Enséñame a estar pronta para oír, tarda para hablar y tarda para airarme. Cuando sienta el calor subir, recuérdame respirar y entregarte ese momento. Sé Tú la calma dentro de mí.
Gracias porque la paciencia es fruto de tu Espíritu y no logro mío. Cultívala en mi corazón con tu ternura, como se cuida una planta pequeña. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué situación cotidiana suele encender mi enojo más rápido de lo que quisiera?
- ¿En qué momentos he tratado de ser paciente por pura fuerza de voluntad, y cómo terminé?
- ¿De qué maneras ha sido Dios lento para la ira conmigo?
- ¿Qué significaría hoy estar ‘pronta para oír, tarda para hablar’ con alguien cercano?
- ¿Cómo puedo pedirle a Dios que produzca su paciencia en mí esta semana?



