Espera en Jehová, Él te oye
Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová. — Salmo 27:14 — RVR1960

Hubo una semana en la que oré todos los días por lo mismo, y todos los días recibí lo mismo: nada. Ningún versículo que saltara de la página. Ningún consejo oportuno. Ni siquiera esa paz repentina que a veces llega sin avisar. Solo silencio, un silencio tan grande que empecé a preguntarme si Dios se había cansado de escucharme.
De niña, mi abuela cocinaba y yo me sentaba en el suelo de la cocina, cerca de sus pies, esperando que la comida estuviera lista. Ella no hablaba mucho mientras trabajaba. Yo me quedaba ahí, con las rodillas contra el pecho, sin decir nada, solo esperando. Y nunca, ni una vez, pensé que me hubiera olvidado. Su silencio no era ausencia. Era cocina. Era algo preparándose que yo todavía no podía ver.
Esa imagen volvió a mí en medio de mi semana muda. Y entendí algo que necesitaba entender: el silencio de Dios no siempre es un no, ni un olvido. A veces es su manera de trabajar donde yo no puedo mirar. A veces está preparando el plato, y lo que yo escucho como vacío es en realidad tiempo de cocción.
El salmista conocía ese lugar. Por eso, casi como si se lo dijera dos veces a sí mismo, escribió: «Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová.» Lo repite porque esperar cuesta. Porque el corazón se debilita cuando no llega respuesta. Y sin embargo, ahí mismo, en medio de la espera, Dios ofrece fuerza. No dice que dejará de callar. Dice que nos dará valor para sostener el silencio sin desmoronarnos.
Ahora, cuando oro y no oigo nada, ya no salgo corriendo. Me quedo. Me siento en el suelo de la cocina, por así decirlo, cerca de sus pies. Confío en que un Dios que me formó también sabe cuándo hablar y cuándo dejarme crecer en la espera. Su silencio no significa que se fue. Significa que algo se está preparando. Y yo, con el corazón esforzado, aprendo a aguardar.
Oración
Padre, hay días en que oro y no escucho tu voz, y el silencio me asusta. Empiezo a preguntarme si me has olvidado, si mis palabras se pierden antes de llegar a ti. Hoy quiero creer lo que tu Palabra me dice: que tú me oyes aun cuando no respondes de inmediato. Enséñame a ver tu silencio no como abandono, sino como preparación, como el tiempo en que trabajas donde mis ojos no alcanzan. Esfuerza mi corazón para que no desmaye en la espera. Dame el valor de quedarme cerca de ti, sentada a tus pies, confiando aunque no entienda. Gracias porque tú nunca te cansas de escuchar, y porque lo que preparas en el silencio siempre es para mi bien. Aquiétame, Señor. Sostenme. Y mientras espero, lléname de la certeza de que tú estás obrando. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Por qué asunto llevas orando sin recibir respuesta? ¿Cómo te ha hecho sentir el silencio de Dios?
- ¿Puedes recordar un momento en el que una espera resultó ser preparación para algo bueno?
- ¿Qué sería distinto si creyeras que el silencio de Dios es actividad y no ausencia?
- El salmista se dice a sí mismo dos veces que espere. ¿Qué verdad necesitas repetirte hoy para no desmayar?
- ¿Cómo se vería para ti ‘esforzar tu corazón’ mientras aguardas la respuesta de Dios?



