Tú me tomaste de la mano
Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. — Salmo 73:23 — RVR1960

En el supermercado, mi sobrina de cinco años caminaba a mi lado por el pasillo de las frutas. La tenía de la mano, como siempre, hasta que sentí un tironcito. «Yo puedo sola», me dijo con toda la seriedad del mundo, soltándose los dedos. Y allá fue, muy decidida, empujando el carrito con las dos manos y la barbilla en alto.
Sonreí. Había algo tan tierno en su independencia recién estrenada. Ella se sentía grande, capaz, dueña de sus pasos. Y yo la dejé ir un poco adelante, pero nunca la perdí de vista. Cuando llegamos a la caja y hubo demasiada gente, cuando una señora pasó apurada con otro carrito, cuando el piso se puso resbaloso cerca de la nevera de los lácteos, su manita apareció otra vez buscando la mía. Sin decir nada. Yo estaba ahí, como había estado todo el tiempo.
Manejando de regreso pensé en cuántas veces yo hago exactamente lo mismo con Dios. Cuando todo va bien, cuando me siento capaz, cuando creo que tengo el control, suelto su mano sin darme cuenta. «Yo puedo sola», le digo con mi manera de vivir. Corro adelante. Y solo cuando llega el susto, la enfermedad, la cuenta que no cuadra, mi mano vuelve a buscar la suya.
Pero el Salmo 73 me detuvo esta semana con una palabra pequeña y enorme: «continuamente». «Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha.» No dice que Dios me toma la mano solo en la emergencia. Dice que me sostiene sin pausa, todo el tiempo, incluso cuando yo creo que voy caminando por mi cuenta. Su mano no fue el rescate de último minuto. Su mano fue la compañía de cada paso, aunque yo la sintiera menos cuando estaba distraída.
Eso me dejó pensando en el amor que hay detrás de ese gesto. Dios no me toma la mano solo para que no me caiga. Me la toma porque le gusta caminar conmigo.
Si hoy vas por la vida sintiéndote capaz, con todo bajo control, quiero recordarte que Él sigue tomándote la mano, aunque no lo notes. Y si hoy vas aferrado con desesperación, apretando fuerte porque tienes miedo, escucha esto: no eres tú quien lo sostiene a Él. Es Él quien te sostiene a ti, y no piensa soltarte.
Oración
Padre, gracias porque me tomas de la mano continuamente, no solo cuando tengo miedo. Perdóname las veces que solté tus dedos creyendo que podía sola, que tenía el control, que no te necesitaba en lo cotidiano. Qué bueno saber que aun así nunca me soltaste, que ibas a mi lado cuando yo caminaba distraída pensando que iba por mi cuenta. Enséñame a reconocer tu mano en los días buenos, no solo en los días difíciles. Quiero caminar contigo por el gusto de estar contigo, no solo por necesidad de rescate. Y hoy, Señor, pienso en quien va agarrado a ti con desesperación, apretando fuerte por el temor. Recuérdale que no es su fuerza la que lo mantiene unido a ti, sino la tuya. Que descanse sabiendo que tu mano lo sostiene con firmeza y con ternura. Gracias porque tu amor no se cansa, no se distrae, no se suelta. Camina conmigo hoy, un paso a la vez. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de tu vida te sientes hoy tan capaz que has soltado la mano de Dios sin darte cuenta?
- Recuerda un momento en que sentiste que Dios te sostuvo aunque tú no lo notabas en ese instante. ¿Cómo lo ves ahora?
- ¿Buscas a Dios más en las emergencias que en la compañía diaria? ¿Qué cambiaría si caminaras con Él por el gusto de estar juntos?
- La palabra ‘continuamente’ del Salmo 73:23 dice que Dios nunca deja de sostenerte. ¿Qué peso puedes soltar hoy al creer eso?
- Si estás aferrado a Dios con miedo, ¿qué significaría descansar sabiendo que es Él quien te sostiene a ti, y no al revés?



