Devocionales

Tu Padre celestial cuida de mí

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Tu Padre celestial cuida de ti. Mira las aves: Él las alimenta.

Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? — Mateo 6:26 — RVR1960

Tu Padre celestial cuida de ti.
Mira las aves: Él las alimenta.

Esta mañana me levanté antes que nadie. Preparé el café y me senté junto a la ventana con la lista de siempre dando vueltas en la cabeza: las cuentas que no terminan de cuadrar, la decisión que tengo que tomar y no me atrevo, esa oración que sigue sin respuesta. Había dormido poco, otra vez. En medio de la noche había vuelto a hacer las sumas, a imaginar el peor de los escenarios, como si preocuparme lo suficiente pudiera adelantarse a lo que viene.

Entonces empezó el ruido de pasos pequeños. Mi hija llegó despeinada a la cocina, todavía con marca de almohada en la mejilla, y sin dudar un segundo abrió la alacena y sacó su tazón. No revisó si había suficiente. No me preguntó si esta semana alcanzaría el dinero. Simplemente estiró la mano hacia lo que sabía que siempre está ahí. Confía porque nunca ha tenido que dudar.

Me quedé mirándola y sentí algo que se me aflojaba por dentro. Jesús señaló a las aves del cielo: no siembran, no guardan en graneros, y sin embargo el Padre las alimenta. No tienen alacena. No hacen sumas de madrugada. Y no les falta.

Tengo que confesar algo honesto: confiar en Dios no siempre ha significado recibir exactamente lo que pedí. Hubo alacenas que se quedaron vacías más tiempo del que yo hubiera querido. Y aun así, aquí sigo, alimentada de maneras que no supe prever. He visto a Dios trabajar demasiadas veces como para dudar de Él ahora.

Creo que estuve buscando la certeza equivocada. Quería garantías sobre los resultados, cuando lo que Él me ofrece es su presencia. La fe de mi hija no está en la alacena; está en que yo estoy en casa. La mía no está en tener todo resuelto; está en que mi Padre está cerca, incluso cuando el estante se ve escaso.

Dejé la lista sobre la mesa y serví el desayuno. Por primera vez en días respiré sin apretar los hombros. No sé cómo se resolverá todo. Pero sé quién me sostiene, y eso, esta mañana, fue suficiente.

Oración

Padre, vengo a ti con la mente cansada de tanto calcular. Perdóname por las noches en que me preocupo como si todo dependiera de mí, como si tú no estuvieras atento a cada detalle de mi vida. Gracias porque alimentas a las aves del cielo sin que ellas guarden nada, y porque yo valgo mucho más para ti que ellas.

Enséñame a estirar la mano con la confianza de un niño, sabiendo que tú estás en casa, que tú provees, que tú no me olvidas. Reconozco, Señor, que confiar en ti no siempre significó recibir lo que pedí, y aun así nunca me abandonaste. He visto tu fidelidad demasiadas veces como para dudar de ti ahora.

No te pido certeza sobre cada resultado; te pido a ti. Quédate cerca cuando la alacena se vea vacía. Cambia mi ansiedad por una paz serena que descanse en tu cuidado. Ayúdame a soltar la lista y a confiar en el que me sostiene. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué ‘sumas’ estoy haciendo de madrugada, y qué me revelan sobre dónde estoy poniendo mi confianza?
  • ¿En qué momento de mi vida Dios me sostuvo aunque la respuesta no fue la que yo pedí?
  • ¿Cómo sería estirar la mano hacia Dios con la confianza sencilla de un niño hoy?
  • ¿Estoy buscando certeza sobre los resultados o la presencia del Padre? ¿Cuál necesito soltar?
  • Nombra tres veces que has visto a Dios trabajar. ¿Cómo cambian tu manera de mirar lo que hoy te preocupa?
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