Dios cambió mi lamento en baile
Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría. — Salmo 30:11 — RVR1960

Guardé la cajita de zapatos con las primeras fotos de mi hija cuando ella ya casi no cabía en mis brazos. La miré crecer y, sin darme cuenta, me despedí muchas veces de versiones suyas que no volverían: la bebé que se dormía en mi pecho, la niña que corría a la puerta cuando yo llegaba. Cada adiós venía disfrazado de buena noticia. «Qué grande está», me decían, y yo sonreía con un nudo en la garganta. Aprendí que a veces uno puede estar agradecido y triste al mismo tiempo, en la misma respiración.
Pero hay otro tipo de pérdida, y no quiero pasar de largo por ella como si fuera lo mismo. Está la silla que queda vacía y ninguna versión nueva viene a llenarla. Está el nombre que uno sigue diciendo aunque ya no haya quien responda. Ese dolor es distinto, y merece que nos detengamos. La tristeza, he pensado, es como un recibo: prueba que amamos de verdad, que aquello valía la pena. Nadie llora lo que no le importó.
Durante mucho tiempo creí que a mí me tocaba convertir ese llanto en algo mejor, forzar una sonrisa, apurar el duelo para no incomodar a nadie. Y me cansaba, porque no podía. Entonces volví a leer el Salmo 30 y noté algo que había pasado por alto: no dice «yo cambié mi lamento», dice «cambiaste mi lamento en baile». Es Él quien hace el giro. Yo no tengo que fabricar la alegría; solo tengo que dejar que Dios se siente conmigo en el cilicio, en la ropa de luto, y esperar Su tiempo.
Él no borra la noche saltándosela. Deja que el llanto dure lo que dure, «por la noche», y promete que la mañana llega después, no en lugar del dolor sino al otro lado de él. No me pide que baile antes de tiempo. Me toma de donde estoy y, cuando Él sabe, me pone de pie. Hoy, si estás llorando, no tienes que apurarte. El que cambia el lamento en baile está sentado a tu lado, esperando contigo la mañana.
Oración
Señor, hoy vengo a Ti tal como estoy, con el corazón cansado y a veces sin palabras. Gracias porque no me pides fingir una alegría que no tengo. Gracias porque no me apuras a salir del duelo, sino que te sientas conmigo en medio de él, paciente y cercano. Reconozco que yo no puedo cambiar mi propio lamento en baile por mucho que lo intente. Ese milagro es tuyo. Así que dejo mis lágrimas en tus manos y confío en tu tiempo, no en el mío. Cuando llegue la mañana que Tú tienes preparada, ayúdame a reconocerla. Mientras tanto, sostén mi mano en la noche. Recuérdame que amar y perder no fue un error, que mi tristeza es la huella de un amor verdadero. Consuela a quien hoy tiene una silla vacía y ningún consuelo humano alcanza. Sé Tú su presencia. Y enséñanos a esperar juntos, sabiendo que Tú nunca llegas tarde. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿De qué pérdida no me he permitido llorar por creer que debía apurarme?
- ¿En qué área he estado tratando de fabricar una alegría que solo Dios puede dar?
- Si mi tristeza es un recibo del amor, ¿qué amor está probando hoy?
- ¿Cómo sería dejar que Dios se siente conmigo en la noche, en vez de escapar de ella?
- ¿Qué pequeña señal de la mañana puedo agradecer, aunque el duelo siga presente?



