Devocionales

Aunque ande en valle de sombra, Tú estás conmigo

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No temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo.

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. — Salmo 23:4 — RVR1960

No temeré mal alguno,
porque Tú estás conmigo.

Anoche mi hija de seis años entró a mi cuarto con los pies descalzos y la voz muy pequeña. No traía sueño; traía una pregunta demasiado grande para su tamaño. «Mamá», me dijo, «¿qué pasa cuando alguien se muere?». Me quedé sentada en la orilla de la cama sin saber por dónde empezar. Ella no quería una lección de teología. Quería saber otra cosa, la misma que yo también quiero saber cuando la vida se pone oscura: ¿estaré a salvo?

Debajo de casi todo miedo late esa pregunta. Debajo del diagnóstico, de la cuenta que no cierra, del silencio del teléfono que no suena, del futuro que no logro ver. No es tanto «¿qué va a pasar?» como «¿voy a estar sola cuando pase?».

Abrí el Salmo 23 y noté algo que nunca había visto. David empieza hablando de Dios en tercera persona: «Jehová es mi pastor… Él me hace descansar… Él restaura mi alma». Habla acerca de Dios, como quien describe a alguien a la distancia. Pero justo cuando llega al valle de sombra de muerte, el lugar más oscuro del salmo, cambia de palabra. Ya no dice «Él». Dice «Tú». «Porque Tú estarás conmigo». En la oscuridad, Dios deja de ser un tema y se vuelve una Presencia a quien le hablo de frente.

Eso fue lo único que pude ofrecerle a mi hija, y era suficiente. No le expliqué el misterio. Le dije que en los lugares que dan miedo nunca estamos solas, porque hay Alguien que camina a nuestro lado y no suelta la mano.

Jesús también conoció el miedo por dentro. En Getsemaní sudó y tembló y pidió que pasara la copa. No fingió valentía. Y aun así atravesó su propio valle sin dar media vuelta, para que yo pudiera atravesar el mío acompañada.

La abracé hasta que se durmió. Y me di cuenta de que la paz que sentíamos las dos no venía de una respuesta que resolviera todo. Venía de una compañía que no se iba. No necesito ver el final del valle. Solo necesito saber que Tú caminas conmigo.

Oración

Señor, hoy vengo a Ti con la pregunta que llevo escondida debajo de mis miedos: ¿estoy a salvo? Reconozco que muchas veces hablo acerca de Ti como si estuvieras lejos, describiéndote a la distancia. Pero en mi valle más oscuro quiero aprender a hablarte de frente, a decirte Tú. Tú estás conmigo. Gracias porque no me prometes que evitaré los lugares que dan miedo, sino que no los cruzaré sola. Gracias porque Jesús conoció el temblor de Getsemaní y aun así caminó su valle hasta el final, para que yo nunca tenga que caminar el mío sin compañía. Cuando no entienda lo que pasa, cuando el futuro se ponga borroso, recuérdame que no necesito una explicación completa para tener paz; te necesito a Ti. Sostén mi mano como yo sostengo la de mis hijos. Sé mi Presencia en la oscuridad. Y enséñame a descansar, no porque todo esté resuelto, sino porque Tú estás aquí. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Cuál es la pregunta que se esconde debajo de tu miedo más reciente?
  • ¿En qué área de tu vida hablas de Dios como un tema lejano en lugar de hablarle de frente?
  • ¿Qué cambiaría hoy si creyeras de verdad que no estás sola en tu valle?
  • ¿Qué te da más paz: una explicación completa o una presencia confiable? ¿Por qué?
  • Escribe una frase corta dirigida directamente a Dios, empezando con la palabra «Tú».
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