Jehová es mi escudo
Toda palabra de Dios es limpia; él es escudo a los que en él esperan. — Proverbios 30:5 — RVR1960

Mi sobrina tiene cinco años y le da miedo la aspiradora. No la parte que ensucia, sino el rugido: ese motor que llena la casa entera y no deja oír nada más. Cada vez que su mamá la enciende, ella corre a esconderse detrás del sillón y se tapa los oídos hasta que todo termina.
Esta semana, mientras yo cuidaba de ella, decidí barrer. Vio la aspiradora salir del clóset y su cara cambió al instante. Iba a correr, pero le extendí la mano. «¿Y si esta vez la miramos juntos?», le dije. No prometí quitar el ruido. No dije que sería silencioso. Solo le ofrecí quedarme al lado.
Se agarró de mi pierna, medio escondida, con un ojo asomado. Encendí la aspiradora. El rugido llenó la sala igual que siempre. Sentí cómo sus deditos se apretaban contra mí. Pero no corrió. Se quedó. Miró todo el recorrido desde detrás de mí, asomándose, sin taparse los oídos. Cuando apagué, me miró como quien acaba de ganar una batalla pequeñísima y enorme.
Y pensé en cuántas veces yo le he pedido a Dios lo mismo que ella le pide a la aspiradora: que desaparezca. Que se acabe rápido lo que me asusta. Que me deje escondido detrás del sillón hasta que todo pase. Pero Dios pocas veces apaga el ruido. Lo que hace es acercarse. Extiende su mano y me dice: «Mírelo conmigo. No está solo».
El escudo no es un rincón donde esconderme para no ver. Un escudo se sostiene de frente. Me deja tener los ojos abiertos ante lo que temo, porque hay Alguien firme sosteniéndome. La protección de Dios no me saca del campo; me da valor para quedarme en él.
Proverbios lo dice sin rodeos: toda palabra de Dios es limpia, y Él es escudo a los que en Él esperan. No promete una vida sin ruido. Promete estar. Y esa cercanía, descubrí, no me hace huir menos. Me hace huir nada, y quedarme mirando, porque no estoy sola.
Hoy quiero pedirle menos que apague las cosas y más que me tome de la mano.
Oración
Padre, tantas veces te pido que hagas desaparecer lo que me asusta. Que se acabe rápido, que pase el ruido, que me dejes esconderme hasta que todo termine. Pero hoy entiendo que tu manera de cuidarme es distinta. Tú no siempre apagas la tormenta; te acercas a mí en medio de ella. Eres mi escudo, y un escudo se sostiene de frente.
Gracias porque no me pides que sea valiente por mi cuenta. Gracias porque tu cercanía es la que me da coraje. Ayúdame a dejar de correr a esconderme y a extender mi mano hacia la tuya. Enséñame a mirar de frente aquello que temo, sabiendo que Tú estás firme a mi lado.
Cuando la ansiedad quiera taparme los oídos y encogerme, recuérdame que toda tu palabra es limpia y que eres escudo para los que en Ti esperan. No me saques del camino difícil; sostenme dentro de él. Quiero aprender a quedarme presente, con los ojos abiertos, porque no estoy solo. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué ruido o miedo he estado pidiéndole a Dios que simplemente desaparezca?
- ¿En qué se parece esconderme a taparme los oídos? ¿De qué me pierdo cuando huyo?
- ¿Cómo sería mirar de frente eso que temo, sabiendo que Dios me sostiene?
- ¿Recuerdo una vez en que la presencia de Dios me dio valor para quedarme en vez de correr?
- ¿Qué significaría hoy extender mi mano hacia Dios en lugar de esconderme?



