Parábolas Para El Alma

La manguera cuarteada: no llames fracaso al freno que te salva

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Young woman and older man inspecting a vehicle engine in a workshop, with large bold Spanish text overlay: '¿Y si, tu peor fuera la respuesta?'

“Lucía llega al taller con su moto apagada y el alquiler venciendo el lunes. Su miedo es si esa avería será el final de su esperanza.”

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Lucía empujó su moto de reparto los últimos tres metros hasta el taller que quedaba al fondo del lavadero de autos. Eran las cinco de la tarde de un viernes y el turno de cena empezaba en una hora. La moto se le había apagado de golpe en plena calle y ya no quiso encender. Sin esa moto no había pedidos, y sin pedidos no había propinas para pagar el alquiler que vencía el lunes.

Entró al taller con el corazón apretado. Olía a grasa, había herramientas colgadas en la pared y otra moto descansaba sobre el elevador hidráulico. El mecánico, un hombre mayor de manos curtidas, recibió la suya y empezó a revisarla sin prisa. Lucía miraba el reloj cada dos minutos.

—¿La tendrá lista para esta noche? —preguntó.

—Vamos a ver qué tiene —respondió él, agachándose junto a la rueda delantera.

Los minutos pasaban y la moto seguía muerta. Lucía sintió que algo se le rompía por dentro. Esa semana había orado todas las noches pidiendo poder cubrir el alquiler. Había trabajado turnos de catorce horas, había aguantado la lluvia, había hecho todo lo que estaba de su parte. Y ahora, justo el viernes, el día de más pedidos, la moto la abandonaba.

Se sentó en un banco y dejó caer las lágrimas. "Hice todo lo que pude", pensó. "Le pedí a Dios que me ayudara y mira cómo me deja. Esta noche no voy a orar. ¿Para qué, si no me escucha?"

El mecánico se incorporó despacio. Tenía algo en la mano. Caminó hasta el banco de trabajo y dejó sobre un trapo blanco, ya manchado de grasa, una pieza pequeña y oscura.

—Mire esto, señorita.

Lucía se acercó sin ganas. Era la manguera del freno, cuarteada de lado a lado, a punto de reventar.

—Esta manguera estaba por ceder en cualquier momento —dijo el mecánico, girándola entre los dedos—. Si su moto no se hubiera apagado hoy, usted habría seguido repartiendo bajo la lluvia. Y en la primera bajada de la avenida, al frenar, se habría quedado sin frenos. A esa velocidad, con el piso mojado, no la cuento.

Lucía se quedó mirando la pieza rota. Aquello que ella había maldecido como un abandono había sido, en realidad, lo único que la detuvo a tiempo. La moto no se apagó para arruinarle la noche. Se apagó para que ella no bajara sin frenos por una avenida resbaladiza.

Cuántas veces nosotros, como Lucía, miramos una pérdida inmediata y gritamos que Dios nos ha dejado solos. Perdemos el trabajo, se cae el plan, se rompe lo que tanto cuidábamos, y de inmediato concluimos que el cielo está sordo. Pero no vemos la manguera cuarteada. No vemos el peligro oculto del que esa misma pausa nos está librando.

Aprendamos a no rendirnos en la fe la misma noche en que algo se nos cierra. Antes de decir que Dios no escucha, miremos con humildad que quizás nos esté frenando justo a tiempo. No todas las puertas cerradas son castigo. Algunas son freno de mano puesto por una mano que ve la avenida que nosotros todavía no alcanzamos a ver.

Versículo

Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. – Proverbios 3:5

Reto para hoy

Esta semana, cuando se caiga un plan importante o se retrase una respuesta que esperabas, no decidas en caliente que todo está perdido. ¿Qué situación estás llamando fracaso antes de tener toda la información? Hoy escribe en una nota una cosa que sí puedes hacer, ora por cinco minutos y espera 24 horas antes de cerrar esa puerta con enojo.

Oración

Dios, me cuesta confiar cuando algo se detiene justo cuando más lo necesito. Perdóname por llamar abandono a lo que quizá sea cuidado que todavía no alcanzo a ver. Ayúdame con esa situación que hoy me frustra, y dame paciencia para esperar antes de decidir desde el miedo. Enséñame a no soltar la fe cuando una puerta se cierra. Amén.

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