Dios se deleita en ti con alegría
Jehová está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. — Sofonías 3:17 — RVR1960

Mi hija llegó del jardín con las manos escondidas detrás de la espalda y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. «Te hice un regalo, mamá». Sacó un plato de cartón con macarrones pegados, algodón despegándose por una esquina y purpurina que ya se había caído casi toda en su mochila. En el centro, con letras torcidas, decía «TE QIERO».
«¡Qué hermoso!», le dije. Y era verdad. Pero, mientras la abrazaba, una voz callada dentro de mí empezó a hacer su lista: le faltó una letra, se está despegando, esto no dura ni hasta mañana, ¿dónde lo voy a poner sin que ocupe medio mueble? Le sonreía con la boca mientras por dentro corregía, medía, calificaba.
Y entonces me dio vergüenza. Porque así trato muchas cosas. Así reviso mi propio día antes de dormir, subrayando cada error en rojo. Así llevo a Dios mis oraciones a medias, mi fe con purpurina despegada, y en el fondo espero que Él haga lo que yo hago con el plato de cartón: elogiarlo un poco y descartarlo en secreto.
Esa noche leí Sofonías 3:17: «Se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos». Me detuve en cada verbo. Dios no me tolera con una lista de defectos en la mano. No guarda el recibo para devolverme. Se goza. Canta. Se regocija sobre mí como quien recibe un regalo hecho a mano y lo cuelga en el lugar más visible de la casa.
Me di cuenta de que la voz que cataloga mis fallas no es la voz de mi Padre. Él no mezcla el elogio con la calificación secreta. Cuando me acerco con mis manos torpes y mi ofrenda imperfecta, no encuentra defectos que aguantar: los quita, y se queda solo con la alegría de que sea suya.
Guardé el plato de macarrones en la repisa de la cocina, purpurina y todo. Cada vez que lo veo, recuerdo cómo me mira Dios. No con paciencia forzada, sino con gozo verdadero. Y esa mirada me está enseñando, de a poco, a soltar mi lápiz rojo, conmigo misma y con los demás.
Oración
Padre, gracias porque no me recibes con una lista de mis fallas en la mano. Perdóname por imaginarte como un juez que tolera lo mío mientras cuenta en secreto mis errores. Perdóname también por tratarme así a mí misma y por juzgar tan duro a los que me rodean. Tú no eres esa voz que cataloga y descalifica. Tú te gozas sobre mí con alegría, callas de amor, cantas sobre mi vida. Cuesta creerlo, Señor, pero quiero creerlo. Enséñame a acercarme con mis manos torpes y mis ofrendas imperfectas, confiando en que las recibes con deleite y no con reproche. Quita de mí el hábito de calificarlo todo. Dame tu gracia para mirar a los demás como Tú me miras a mí: con paciencia, con ternura, con gozo verdadero. Cuando me acueste esta noche repasando mis errores en rojo, recuérdame que Tú ya los quitaste y que solo te quedaste con la alegría de que soy tuya. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué voz interior cataloga tus fallas cuando le llevas algo a Dios o a otros?
- ¿Cómo cambiaría tu día si creyeras que Dios se goza sobre ti, y no solo te tolera?
- ¿A quién estás calificando con lápiz rojo en lugar de mirarlo con gracia?
- ¿Qué ofrenda imperfecta has estado escondiendo por miedo a que no sea suficiente?
- Escribe Sofonías 3:17 con tu nombre en medio, como si Dios te lo dijera hoy.



