Devocionales

Quiero conocerte más, Señor

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Quiero conocerte más, Señor: contigo siempre hay más por descubrir.

a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte. — Filipenses 3:10 — RVR1960

Quiero conocerte más, Señor:
contigo siempre hay más por descubrir.

Tengo una amiga a la que conozco desde hace más de veinte años. Podríamos sentarnos en la misma cocina de siempre, con el mismo café, y todavía descubro cosas que no sabía de ella: un recuerdo de su infancia, una manera nueva de ver algo que vivimos juntas. No me aburro de ella. Precisamente porque la conozco tanto, tengo ganas de conocerla más.

Con Dios, en cambio, hubo una temporada en que sentí lo contrario. Oraba por costumbre. Leía la Biblia como quien repasa un mapa que ya se sabe de memoria. Me descubrí pensando, con algo de vergüenza: «Ya sé cómo termina esta historia. Ya sé quién es Dios». Y esa certeza, en lugar de encenderme, me dejaba plana. Como si a Dios se le pudiera terminar de leer.

Un día, casi sin querer, releí las palabras de Pablo: «a fin de conocerle». Me detuve ahí. Pablo llevaba años siguiendo a Cristo, había visto milagros, había escrito cartas que hoy son Escritura, y todavía escribía con hambre: quiero conocerle más. No dijo «ya lo conozco». Dijo «a fin de conocerle», como quien apenas empieza.

Entonces entendí que mi cansancio no venía de que a Dios le faltara profundidad, sino de que yo lo había reducido al tamaño de lo que ya entendía. Conocer datos sobre Dios no es lo mismo que conocerlo a Él. Puedo saber que es fiel; distinto es descubrir su fidelidad sosteniéndome en una semana difícil.

Y aquí está el consuelo que no esperaba: Dios es infinito. Nunca voy a llegar al fondo. Eso, que antes me habría abrumado, ahora me alivia. Significa que jamás se me acabarán los motivos para volver a Él. Cada mañana hay más. Cada oración abre otra puerta. Como con mi amiga, la cercanía no me quita el asombro, me lo aumenta.

Hoy ya no me acerco a orar para cumplir. Me acerco como quien vuelve a sentarse con Alguien conocido y amado, sabiendo que aún queda mucho por escuchar. No he terminado de conocerte, Señor. Y qué bueno que así sea.

Oración

Señor, hoy vengo con una confesión sencilla: a veces te he tratado como una lección que ya aprendí, y me quedé sin hambre. Perdóname por conformarme con saber cosas sobre Ti en lugar de conocerte a Ti. Gracias porque eres tan grande que nunca llegaré al final. Gracias porque esa inmensidad no me deja fuera, sino que me invita a acercarme una y otra vez. Como Pablo, quiero decirte de corazón: quiero conocerte más. Enséñame a reconocer tu fidelidad no solo en las páginas, sino en mis días. Que cada oración sea menos un deber y más un encuentro contigo, mi amigo fiel. Cuando la fe se sienta plana, recuérdame que siempre hay más de Ti por descubrir, y dame el deseo de volver. No quiero relaciones de costumbre contigo. Quiero cercanía, asombro, hambre santa. Aquí estoy otra vez, Señor. Sigue mostrándote. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué área he cambiado ‘conocer a Dios’ por ‘saber cosas sobre Dios’?
  • ¿Cuándo sentí mi fe plana por costumbre, y qué la enfrió?
  • ¿Qué me consuela o me abruma de que Dios sea infinito?
  • ¿Qué parte del carácter de Dios me gustaría conocer más de cerca esta semana?
  • ¿Cómo sería acercarme a orar como a un amigo, y no como a un deber?
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