Parábolas Para El Alma

¿Dejas la tarea de casa para que otro recoja el paraguas?

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¿Dejas la tarea de casa para que otro recoja el paraguas?

El paraguas negro

“Una abuela vuelve a casa con sus tres nietos mientras el cielo anuncia lluvia. Una pequeña responsabilidad pondrá a prueba al mayor de los niños.”

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Una tarde gris, una abuela caminaba de regreso a casa con sus tres nietos. El cielo se había puesto oscuro y el aire olía a lluvia cercana. La abuela, que conocía bien esas señales, llevaba un solo paraguas negro, grande y firme. Lo había tomado pensando que, si llovía, todos podrían caminar juntos debajo de él.

Antes de cruzar la plaza, se lo entregó al mayor de los nietos, un muchacho impaciente que siempre quería ir adelante.

—Cuida bien el paraguas —le dijo—. Es lo único que nos mantendrá secos si la lluvia nos alcanza. Llévalo cerca.

El muchacho lo tomó, pero no le dio importancia. Para él era apenas un objeto incómodo que había que cargar. Mientras la abuela descansaba un momento en una banca de piedra junto a la fuente, él empezó a jugar. Primero usó el paraguas como espada. Luego como bastón. Después lo abrió y lo hizo girar sobre el suelo como si fuera una rueda. Una de las varillas se dobló con un golpe.

Los dos nietos pequeños lo miraban divertidos. La abuela, cansada, cerró los ojos unos minutos. Entonces el muchacho se aburrió del juego, dejó el paraguas abierto sobre una banca vacía y corrió tras unas palomas.

"Si empieza a llover, alguien lo traerá", pensó. "La abuela o alguno de los pequeños. No es mi problema."

Poco después, la abuela llamó a los niños para seguir el camino. El mayor volvió corriendo, pero no miró hacia la banca. La abuela, confiada, pensó que él todavía llevaba el paraguas. Caminaron hasta la mitad de la plaza, y allí el cielo se abrió de golpe.

Cayó un aguacero fuerte, de esos que mojan la ropa en pocos segundos. Los niños pequeños se pegaron a la abuela, asustados por el ruido del agua sobre las piedras. El muchacho buscó el paraguas con la mirada y sintió un vacío en el pecho.

Entonces vio a su abuela quitarse el chal de los hombros y extenderlo sobre las cabezas de los dos pequeños. Ella quedó casi descubierta bajo la lluvia, mojándose el cabello y la espalda para cubrirlos un poco. A lo lejos, sobre la banca vacía, el paraguas negro seguía abierto, brillando inútil bajo el agua, con su varilla doblada y sin nadie debajo.

El muchacho corrió a buscarlo. Cuando volvió, ya todos estaban empapados. No hizo falta que la abuela lo reprendiera. Su rostro mojado le dijo más que cualquier palabra. En ese instante comprendió que el paraguas no era una carga aburrida. Era el cuidado que sostenía a todos, y él lo había abandonado pensando que otro se encargaría.

Moraleja: cuántas veces en la familia recibimos una tarea pequeña y la descuidamos porque creemos que alguien más la hará. Pero la responsabilidad no consiste en esperar que otro recoja el paraguas que protege a todos; consiste en cuidarlo antes de que llegue la lluvia. Así también en la vida, una llamada, una cuenta, una visita, una ayuda en casa o una palabra a tiempo pueden ser el refugio que nuestra familia necesita. No esperemos a ver a los nuestros bajo el aguacero para entender que aquello que dejamos de lado era precisamente lo que Dios nos había confiado cuidar.

Versículo

Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel. – 1 Corintios 4:2

Reto para hoy

Esta semana, cuando veas una tarea de casa que nadie quiere hacer, no la dejes "para que otro la resuelva". ¿Qué responsabilidad concreta tendrías que tomar hoy: lavar, llamar, pagar, ordenar o acompañar? Elige una y hazla antes de dormir, sin anunciarlo ni reclamar aplausos.

Oración

Dios, ayúdame a no tratar como carga lo que cuida a mi familia. Muéstrame esa responsabilidad pequeña que he venido dejando para después. Dame humildad para hacer hoy mi parte sin esperar que otro la recoja. Que en mi casa encuentren cuidado antes de que llegue la presión. Amén.

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