Con amor eterno te amé
Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. — Jeremías 31:3 — RVR1960

Hay una escena que se me quedó grabada. Una tarde encontré a mi sobrina más pequeña sentada en el piso de la sala, abrazando al perro viejo de la casa. No decía nada. Solo apoyaba la frente contra la cabeza del animal y lo rodeaba con sus bracitos, como si en ese abrazo cupiera todo lo que ella no sabía nombrar todavía.
El perro no había hecho nada especial ese día. No trajo la pelota, no aprendió un truco nuevo, no se portó de una forma que mereciera premio. Y ella tampoco pedía nada a cambio. Simplemente lo quería. Lo quería porque sí, porque existía, porque estaba ahí para ser abrazado.
Me quedé mirándolos y pensé en cuántas veces yo me acerco a Dios midiendo primero si valgo la pena. Reviso mi semana, mi lista de fallas, las oraciones que no hice, y llego cansada, convencida de que debo probar algo para ser amada. Como si el cariño de Dios fuera un sueldo que tengo que ganar.
Pero el amor de Dios no funciona así. Él no me ama porque yo brille. Me ama porque soy suya. Y ese amor no empezó el día en que me porté bien; venía desde mucho antes de que yo naciera, esperándome.
Hubo noches en que no sentí nada. Noches en que oré y el techo me devolvió silencio, en que me pregunté si Dios seguía ahí. Ahora entiendo que su amor no depende de que yo lo sienta. Un bebé dormido en los brazos de su madre no sabe cuánto lo aman, y sin embargo es amado en cada respiración.
Si hoy te sientes débil, distraído, seco por dentro, quiero que sepas esto: no tienes que despertar ese amor. Ya está encendido. No tienes que merecerlo. Ya es tuyo. Dios dijo a su pueblo, y te lo dice a ti: «Con amor eterno te he amado.»
Tu identidad no se construye sobre lo que logras. Se construye sobre esta verdad sencilla y enorme: eres amado, sin condiciones y para siempre.
Oración
Padre, gracias porque tu amor por mí no comenzó cuando me porté bien, ni terminará cuando falle. Me amaste antes de que yo pudiera darte algo a cambio, y me amas ahora, en mi cansancio y en mis noches oscuras.
Perdóname por acercarme a ti como quien busca aprobación, midiendo si valgo la pena. Ayúdame a descansar en que ya soy tuyo, que tu amor no es un premio que debo ganar sino un regalo que me sostiene.
Cuando no te sienta, recuérdame que tu presencia no depende de mis emociones. Cuando me sienta débil, recuérdame que un hijo amado no tiene que probar nada. Enséñame a construir mi identidad no sobre lo que hago, sino sobre lo que tú dices de mí: que soy amado con amor eterno.
Gracias por atraerme con misericordia una y otra vez. Hoy quiero simplemente dejarme amar por ti. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué áreas de tu vida sientes que debes ganarte el amor de Dios?
- Recuerda un momento en que no sentiste la presencia de Dios. ¿Cómo cambia saber que Él te amaba igual?
- ¿Sobre qué estás construyendo tu identidad hoy: sobre tus logros o sobre ser amado?
- ¿Qué significa para ti que el amor de Dios sea ‘eterno’ y no dependa de tu esfuerzo?
- Escribe una frase sencilla que puedas repetirte cuando te sientas indigno del amor de Dios.



