Hágase tu voluntad, Padre
diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. — Lucas 22:42 — RVR1960

Hay oraciones que hago con la voz temblando, porque en el fondo ya intuyo la respuesta. Durante meses le pedí a Dios algo que parecía justo, bueno, hasta necesario. Oré con lágrimas, oré con fe, oré con esa mezcla de esperanza y miedo que uno conoce cuando ama demasiado un resultado. Y la respuesta fue no. No un «todavía no», no un «espera un poco». Un no que no se movió, que se quedó como un horizonte cerrado frente a mí.
Me costó entenderlo. Pensaba que si oraba bien, si creía lo suficiente, la puerta se abriría. Y cuando siguió cerrada, empecé a preguntarme si Dios me había escuchado siquiera.
Fue entonces cuando volví a leer el huerto de Getsemaní. Jesús, de rodillas en la tierra, con el alma triste hasta la muerte, le pidió al Padre que pasara de Él aquella copa. Y también recibió un no. El Hijo perfecto, el que oraba con fe absoluta, escuchó que aquello no se apartaría. Pero mira lo que hizo con ese no: no se alejó del Padre. Se rindió en sus manos. «No se haga mi voluntad, sino la tuya.»
Ahí encontré consuelo. Porque descubrí algo que había confundido toda mi vida: ser escuchado y ser complacido no son lo mismo. Dios oyó cada palabra que le dije. No estuvo distraído, no estuvo lejano. Simplemente, como Padre bueno, sostuvo un plan que yo todavía no alcanzo a ver.
Imagino a un niño arrodillado en un campo abierto, con las manos vueltas hacia arriba, la cara al cielo. No exige nada. Solo abre las manos y las deja vacías, dispuestas a recibir lo que el Padre quiera poner en ellas. Esa postura me enseñó a orar de nuevo.
Hoy sigo sin tener lo que pedí. Pero ya no oro para torcer la voluntad de Dios; oro para descansar en ella. El no que recibí no fue abandono. Fue la mano de un Padre que me sostiene mientras me lleva por un camino distinto al que yo había trazado. Y si ese camino fue bueno para Jesús en Getsemaní, también lo será para mí.
Oración
Padre, vengo a ti con las manos abiertas, como el niño que aprende a confiar. Confieso que muchas veces oro para que hagas mi voluntad, y me cuesta soltar aquello que tanto anhelo. Hoy quiero orar como oró tu Hijo: no como yo quiero, sino como tú quieras. Gracias porque me escuchas siempre, aun cuando tu respuesta es un no. Ayúdame a entender que ser oído y ser complacido no son lo mismo, y que tu silencio nunca es abandono. Enséñame a descansar en tu voluntad, a creer que tu plan es más sabio que mis deseos. Cuando la puerta que pedí siga cerrada, dame ojos para ver la mano que me sostiene y el camino nuevo que abres. Que como Jesús en el huerto, pueda arrodillarme y rendirte lo que más amo, confiando en que tu amor no falla. En el nombre de Jesús, que también fue escuchado y aun así confió, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué oración has hecho a la que Dios respondió con un no que aún duele?
- ¿Confundes a veces ser escuchado por Dios con recibir lo que pides? ¿Cómo cambia eso tu manera de orar?
- ¿Qué te enseña la oración de Jesús en Getsemaní sobre rendir tu voluntad?
- ¿Qué significa para ti hoy orar con las manos abiertas en lugar de con las manos cerradas?
- ¿Puedes recordar un no de Dios que con el tiempo se reveló como un camino mejor?



