Devocionales

En el día que temo, en ti confío

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En el día que temo, en ti confío. Tu mano me sostiene.

En el día que temo, yo en ti confío. — Salmo 56:3 — RVR1960

En el día que temo, en ti confío. Tu mano me sostiene.

Mi hija pequeña le tiene miedo a la oscuridad del pasillo. Cada noche, antes de dormir, tiene que caminar sola desde el baño hasta su cama, y ese trecho de sombras se le hace enorme. Una noche la encontré parada en el borde de la luz, con los pies descalzos sobre el piso frío, sin animarse a dar el primer paso.

—No puedo, mamá —me dijo—. Tengo miedo.

Me agaché a su altura y le extendí la mano desde el otro lado del pasillo.

—El miedo no se te va a quitar antes de caminar —le dije—. Pero mira mi mano. No mires las sombras. Camina hacia mí.

Dio un paso. Después otro. Todavía temblaba, todavía tenía miedo, pero avanzó con los ojos puestos en mi mano y no en la oscuridad. Cuando llegó, la levanté en brazos y sentí su corazón latiendo rápido contra el mío. Lo había hecho asustada. Eso también es valentía.

Esa noche entendí algo sobre mi propia fe. Yo también me quedo parada en el borde de mis miedos, esperando que se disipen antes de dar el paso. Miedo por el dinero que no alcanza, por las cuentas que se acumulan, por el futuro que no puedo ver. Y me digo: cuando ya no tenga miedo, entonces confiaré.

Pero David no escribió «cuando deje de temer, confiaré». Escribió: «En el día que temo, yo en ti confío». El miedo y la confianza pueden ocupar el mismo corazón al mismo tiempo. La fe no es la ausencia de temor; es dar el siguiente paso con los ojos puestos en Dios en lugar de en la sombra que me asusta.

Dios no me pide que espere a sentirme fuerte. Me extiende la mano en medio del pasillo oscuro y me dice: «Camina hacia mí». Él no aparece cuando el miedo se va. Él me sostiene mientras todavía tiemblo.

Hoy, si estás mirando aguas profundas que no sabes cómo cruzar, no esperes a que el miedo desaparezca. Fija tus ojos en la mano de tu Padre y da el paso. Él te alcanza a la mitad del camino, y su provisión llega justo cuando la necesitas, no un minuto antes.

Oración

Padre, tú sabes que hoy tengo miedo. No te lo voy a esconder, porque tú ya conoces cada temor que me quita el sueño. Vengo a ti con el corazón temblando y aun así me atrevo a confiar. Ayúdame a no esperar a sentirme fuerte para obedecerte. Ayúdame a dar el siguiente paso con los ojos puestos en tu mano y no en las sombras que me asustan. Cuando miro las cuentas, las necesidades y lo que no puedo controlar, recuérdame que tú sostienes lo que yo no puedo. Gracias porque no me pides que cruce sola las aguas profundas; tú vas conmigo, me alcanzas a la mitad y no me sueltas. Que mi fe sea más grande que mi temor, no porque yo sea valiente, sino porque tú eres fiel. Suplirás todo lo que me falta conforme a tus riquezas. En el día que temo, en ti confío. Tómame de la mano, Señor. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Cuál es el «pasillo oscuro» que hoy no me animo a cruzar?
  • ¿Qué estoy esperando que desaparezca antes de decidirme a confiar en Dios?
  • ¿En qué momento Dios me sostuvo justo cuando todavía tenía miedo?
  • ¿Qué paso pequeño puedo dar hoy con los ojos puestos en su mano?
  • ¿Cómo cambia mi ansiedad cuando recuerdo que Dios me alcanza a la mitad del camino?
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