Devocionales

Este mi hijo perdido ha sido hallado

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Estaba perdido y fui hallado. El cielo hace fiesta por mí.

Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. — Lucas 15:24 — RVR1960

Estaba perdido y fui hallado.
El cielo hace fiesta por mí.

Guardo en un cajón un osito que perdió su color hace años. Tiene una oreja cosida con hilo que no combina, un ojo distinto al otro y el relleno flojo de tanto abrazo. Cualquiera diría que es hora de tirarlo. Y sin embargo, cuando lo extravié durante una mudanza, dejé cajas a medio abrir con tal de encontrarlo. No lo buscaba por bonito. Lo buscaba porque era mío, gastado y todo.

He llegado a sentirme como ese osito. Descosida por dentro, deslucida por fuera, lejos del brillo que tuve. He pensado que a Dios le convendría más alguien nuevo, alguien entero, alguien que no traiga tantas costuras a la vista. Me he preguntado si, a estas alturas, ya no soy más que un caso demasiado avanzado, algo que se tolera pero no se celebra.

Entonces vuelvo a la historia del hijo que se fue. Se fue lejos, gastó todo, volvió oliendo a fracaso, ensayando un discurso de sirviente porque ya no se creía digno de ser hijo. Pero el padre no esperó en la puerta con los brazos cruzados. Corrió. Un padre de aquella época no corría, y este corrió. Lo abrazó antes de que terminara su disculpa. Y dijo algo que todavía me sacude: «este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado». No dijo «lo aceptaré con condiciones». Dijo: comencemos la fiesta.

Eso me desarma. Porque significa que el desgaste no me baja el precio. Significa que mis costuras no ahuyentan a Dios; le dan más razones para buscarme. No soy alguien que Él soporta de mala gana. Soy alguien por quien deja las noventa y nueve, alguien cuyo regreso enciende música en el cielo.

Si hoy te sientes demasiado gastada, demasiado lejos, demasiado reparada como para importar, quiero que lo escuches despacio: Dios te busca. No estás tan perdida que no puedas ser hallada. Tu nombre no le da vergüenza. Y cuando vuelves, no hay reproche esperándote en la puerta: hay un Padre que corre, un abrazo que no mide tus costuras y una fiesta que empieza justo por ti.

Oración

Padre, tantas veces me he mirado gastada y he creído que ya no valgo la pena. He ensayado discursos de sirviente, como si tuviera que ganarme un lugar que Tú ya me diste como hija. Gracias porque Tú no esperas de brazos cruzados. Gracias porque corres hacia mí, porque me abrazas antes de que termine mi disculpa, porque mis costuras no te avergüenzan. Enséñame a creer que no soy alguien que soportas, sino alguien a quien buscas. Cuando la voz interior me diga que estoy demasiado lejos, recuérdame que dejaste las noventa y nueve por mí. Ayúdame a volver sin miedo, sabiendo que en el cielo hay fiesta cada vez que regreso. Y donde yo veo desgaste, deja que yo vea tu amor que insiste. Gracias porque estaba perdida y me hallaste, estaba muerta y me diste vida. Que hoy descanse en ese abrazo. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué parte de mi vida me siento demasiado gastada o lejana para importar?
  • ¿Qué discurso de ‘no soy digna’ vengo ensayando ante Dios?
  • ¿Puedo imaginar al Padre corriendo hacia mí? ¿Qué siento al verlo?
  • ¿De qué manera he confundido ser tolerada con ser celebrada?
  • ¿Qué necesito soltar para dejarme hallar hoy?
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