Formidables y maravillosas son tus obras
Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. — Salmo 139:14 — RVR1960

Mi sobrina de cuatro años llegó un domingo con un dibujo apretado en la mano. Antes de saludar, lo levantó frente a mi cara y me dijo: «Tía, ven a ver». No pedía permiso; ordenaba con dulzura. En el papel había una casa torcida, un sol de siete rayos y una figura verde que, según ella, era yo. Estaba tan orgullosa que no vio ni un solo error. Yo veía las líneas chuecas; ella veía su obra terminada.
Esa tarde, sola frente al espejo del baño, hice lo contrario que ella. Me acerqué a buscar defectos. Conté canas nuevas, marqué la arruga que no estaba el año pasado, me quedé mirando lo que quería corregir. Somos expertas en eso: pararnos delante del espejo como delante de un problema por arreglar. Buscamos la falla antes de buscar el rostro.
Y entonces recordé la voz de la niña: «Ven a ver». Pensé que Dios podría decirme lo mismo sobre mí. No «ven a arreglarte», sino «ven a ver». Ven a mirar lo que hice a propósito. No saliste de una fábrica ni fuiste un accidente de la naturaleza. Fuiste pensada, tejida hilo por hilo en lo secreto, con la misma ternura orgullosa con que una niña muestra su dibujo.
El Salmo 139 dice que soy «formidable y maravillosamente» hecha. No dice que soy un borrador. Dice que las obras de Dios son maravillosas, y que mi alma lo sabe muy bien, aunque a veces se me olvide frente al espejo.
Hay una diferencia enorme entre mirarte para juzgarte y mirarte para recordar quién te hizo. El espejo te devuelve una lista de cosas que cambiar; el Creador te devuelve tu nombre. Él no se sorprende de tus imperfecciones ni se avergüenza de su trabajo. Te colocó cada pieza con intención, te vio antes de que nacieras y todavía está contento con lo que formó.
Esa noche volví al espejo, pero esta vez no fui a corregir. Fui a agradecer. Le pedí a Dios que me prestara sus ojos para verme como su obra, y no como mi proyecto pendiente. Porque el que me hizo ya dijo lo que valgo, y no cambia de opinión.
Oración
Padre, gracias porque no soy un accidente ni una copia sin nombre. Tú me tejiste en lo secreto, con cuidado y con intención, y todavía te alegras de lo que hiciste. Perdóname las veces que me paro frente al espejo como frente a un problema, contando defectos y olvidando tu firma en mí. Tantas veces me miro con los ojos del juez y no con los tuyos, que son ojos de Padre orgulloso. Enséñame a recibir tu «ven a ver» sin miedo. Ayúdame a creer que soy formidable y maravillosamente hecha, no porque yo sea perfecta, sino porque Tú eres bueno y no te equivocas. Cuando la voz de la comparación grite que no soy suficiente, recuérdame que Tú me viste antes de nacer y me llamaste tuya. Que hoy pueda mirarme con gratitud y no con vergüenza, y que en cada rostro que vea reconozca también tu obra. Gracias porque me conoces entera y aun así me amas entera. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué es lo primero que busco cuando me miro al espejo: mi rostro o mis defectos?
- ¿Qué parte de mí me cuesta creer que Dios hizo a propósito?
- Si Dios me dijera hoy «ven a ver» mi obra, ¿qué crees que querría mostrarme?
- ¿De dónde vienen las voces que me dicen que no soy suficiente, y qué dice Dios en cambio?
- ¿Cómo sería mirarme por un día con los ojos de mi Creador y no con los de mi juez?



