Devocionales

La voz de Jehová truena sobre las aguas

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La voz de Jehová truena sobre las aguas. El Dios de gloria hace resonar el cielo.

Voz de Jehová sobre las aguas; truena el Dios de gloria, Jehová sobre las muchas aguas. Voz de Jehová con potencia; voz de Jehová con gloria. — Salmo 29:3-4 — RVR1960

La voz de Jehová truena sobre las aguas.
El Dios de gloria hace resonar el cielo.

Tengo que confesar algo que me cuesta decir en voz alta: hay domingos en que cantar me resulta difícil. Las luces, el volumen, las manos levantadas a mi alrededor, y yo ahí, moviendo los labios sin sentir nada por dentro. Me miro y pienso que algo anda mal conmigo, que todos parecen conectados con Dios menos yo. Entonces me esfuerzo por sentir lo que se supone que debo sentir, y ese esfuerzo lo apaga todo más.

Una tarde salí de casa cansada de intentarlo. No iba a orar; solo quería aire. Me detuve en una pequeña loma detrás del vecindario, donde crecen unos pastos flacos y no hay nada más que cielo. El día había estado gris y a lo lejos se escuchaba un trueno lejano, uno de esos que retumban despacio. Me quedé quieta escuchándolo.

Y sin planearlo, sin música, sin luces, sin nadie mirándome, algo se levantó dentro de mí. No fue un esfuerzo. Fue asombro. El cielo enorme, el trueno rodando como una voz, el viento moviendo el pasto: todo parecía estar diciendo algo, y ese algo era «grande, grande es Dios». Levanté la cara y sentí que por fin estaba adorando de verdad.

Más tarde entendí lo que había pasado. El salmista lo escribió hace miles de años: «La voz de Jehová sobre las aguas; truena el Dios de gloria». La adoración no era algo que yo tenía que fabricar. Ya estaba sucediendo. La creación entera está en medio de un culto que nunca termina; el sermón sigue afuera, con o sin mí. Yo solo necesitaba salir y notarlo.

Desde entonces me trato con más ternura los domingos difíciles. Si un canto no me alcanza, no me condeno. Sé que Dios no depende de mi emoción para ser digno de gloria. Y sé que puedo salir, mirar el cielo y dejar que el trueno, la lluvia y el pasto me recuerden lo que mi corazón a veces olvida: que Él es santo, que Él es fuerte, que Él es enorme. El asombro no se manufactura. Solo se descubre, porque la voz de Jehová ya está resonando sobre todas las cosas.

Oración

Señor, gracias porque tu grandeza no depende de que yo la sienta. Perdóname cuando pienso que la adoración es algo que debo fabricar con esfuerzo, cuando en realidad tú ya estás llenando el cielo con tu voz. Gracias porque el trueno, la lluvia y hasta el pasto humilde te alaban sin cansarse. Enséñame a salir de mi cabeza y a notar el culto que nunca se detiene a mi alrededor. En los domingos en que cantar me cuesta, recuérdame que tú sigues siendo santo, fuerte y digno de gloria, aunque mi corazón vaya lento. No quiero adorarte con emociones prestadas, sino con asombro verdadero. Abre mis ojos a lo enorme que eres y a lo cercano que estás a la vez. Que cada tormenta me recuerde tu poder y cada cielo despejado tu bondad. Levanto mis manos, no porque me obliguen, sino porque de verdad eres grande. Gran Dios de gloria, recibe mi adoración sencilla. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Hay momentos de adoración que te resultan difíciles? ¿Qué sientes en esos instantes?
  • ¿Alguna vez el asombro por Dios llegó a ti sin que lo buscaras? Describe esa escena.
  • ¿Qué parte de la creación te ha hablado de la grandeza de Dios últimamente?
  • ¿Cómo cambia tu descanso saber que la adoración no depende de tu emoción?
  • ¿Qué lugar podrías visitar esta semana para escuchar el ‘sermón’ que sigue afuera?
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