Gracias a Dios, que nos da la victoria
Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. — 1 Corintios 15:57 — RVR1960

Hay batallas que nadie ve. La mía comenzó una madrugada cualquiera, cuando el reloj marcaba las tres y yo seguía despierta, repasando en la mente todo lo que no había podido resolver. La deuda seguía ahí. El diagnóstico de mi madre seguía ahí. La conversación pendiente con alguien que me hirió seguía ahí, sin cerrar. Y yo, que había orado tanto, no veía cambiar nada por fuera.
Esa noche entendí algo que me costó años aprender: yo estaba esperando que Dios cambiara mi paisaje, y Él estaba trabajando en mi corazón. Quería que se moviera la montaña, y Él me estaba enseñando a subirla con paz.
Me imaginé como una niña pequeña en la cima de un monte enorme, sola, con el cielo entero abierto delante. No había multitud aplaudiendo. No había música de triunfo. Solo yo, mi cansancio, y una bandera pequeña en la mano. Y comprendí que plantar esa bandera no significaba que el problema se había ido. Significaba que yo había dejado de pelear contra Dios y había empezado a descansar en Él.
Eso es la victoria que la Biblia promete. No siempre es que la enfermedad se cure o que la deuda desaparezca de la noche a la mañana. A veces la victoria es interior: el miedo que suelta su nudo, el rencor que por fin perdona, la ansiedad que se convierte en confianza. Es una guerra que se gana por dentro, y la gana Dios, no mi fuerza.
Pablo escribió que la muerte misma, ese enemigo que a todos nos parece invencible, ya fue vencida. Si Dios venció eso, ¿cómo no va a darme la victoria sobre esta noche sin sueño, sobre este temor, sobre esta herida?
A la mañana siguiente mis circunstancias eran las mismas. Pero yo era distinta. Había plantado mi bandera. No en el suelo firme de las cosas resueltas, sino en la promesa de un Dios que ya ganó por mí.
Si hoy sientes que peleas solo en una cima que nadie mira, quiero recordarte esto: la victoria no depende de que ganes tú. Ya la ganó Cristo. Tu parte es rendirte a Él y dejar que su paz sea tu bandera.
Oración
Padre, gracias porque la victoria no descansa sobre mis hombros cansados, sino sobre lo que Cristo ya hizo por mí. Reconozco que muchas veces quiero que cambies mi paisaje, cuando Tú quieres cambiar mi corazón. Perdóname por medir tu triunfo solo por lo que veo afuera. Hoy quiero rendirte lo que no puedo resolver: mis noches sin sueño, mis temores, mis heridas sin cerrar. Dame la victoria interior que solo Tú das, la paz que no depende de mis circunstancias, el perdón que suelta el rencor, la confianza que reemplaza al miedo. Enséñame a plantar mi bandera en tu promesa y no en mis fuerzas. Cuando me sienta solo en la cima, recuérdame que Tú estás conmigo y que ya venciste por mí. Gracias, Señor, porque en Jesucristo mi Señor tengo la victoria, aun cuando todavía no la vea con mis ojos. En su nombre confío y descanso. Amén.
Para reflexionar
- ¿Qué batalla estás peleando ahora mismo que nadie más ve?
- ¿Estás esperando que Dios cambie tu paisaje o que cambie tu corazón?
- ¿Cómo se vería una victoria interior en esta situación: paz, perdón, libertad del miedo?
- ¿Qué necesitas rendirle a Dios hoy para dejar de pelear en tus propias fuerzas?
- Escribe una oración corta agradeciendo la victoria que Cristo ya ganó por ti.



