Devocionales

El Padre corre a mi encuentro

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Como el padre corrió hacia su hijo, así corre Dios hacia mí, y así aprendo a correr hacia los demás.

Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. — Lucas 15:20 — RVR1960

Como el padre corrió hacia su hijo, así corre Dios hacia mí, y así aprendo a correr hacia los demás.

Hay un perdón que se parece más a cerrar una puerta con suavidad. No grito, no reclamo, simplemente doy un paso atrás. Me digo que ya perdoné, que le solté la deuda, y en cierto modo es verdad. Pero desde la distancia. Con los brazos cruzados. Con una sonrisa cortés que no vuelve a acercarse.

Durante mucho tiempo llamé a eso madurez. Pensaba que perdonar era dejar de esperar algo del otro y seguir mi camino sin rencor. Y no está mal poner límites sabios; a veces son necesarios. Pero un día leí de nuevo la historia del hijo que se fue, que gastó todo, que volvió arrastrando su vergüenza ensayando un discurso de disculpas. Y me detuve en un detalle que había pasado por alto tantas veces: el padre no esperó en el umbral con los brazos cruzados. «Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió.»

Corrió. Un hombre mayor, respetable, levantándose la túnica para acortar la distancia. No esperó a que el hijo llegara y explicara. No calculó si merecía el abrazo. Se movió hacia él.

Esa palabra me incomodó, y me sigue incomodando. Porque yo sé soltar deudas desde lejos, pero me cuesta caminar de vuelta hacia quien me hirió. El perdón que Dios me muestra no se conforma con no guardar rencor: se acerca, abre los brazos, deja la puerta sin llave.

Pensé en dos niños en un patio después de una pelea, cuando uno estira la mano con algo pequeño y el otro, en lugar de quedarse quieto, da un paso. Ese paso lo cambia todo. Así me ha amado Dios: no me perdonó a la distancia, corrió hacia mí cuando yo aún estaba lejos, oliendo a mis peores decisiones.

Hoy le pido lo mismo que Él me dio: un corazón que perdone pronto y de cerca. No para ignorar el daño ni fingir que nada pasó, sino para no atrincherarme en una amabilidad fría. Quiero aprender a moverme hacia la gente, a estirar la mano, a dejar la puerta abierta. Porque así corrió el Padre hacia mí, y solo desde ese abrazo puedo correr hacia otro.

Oración

Padre, gracias porque no me perdonaste desde lejos. Cuando yo aún estaba perdido, ensayando excusas, oliendo a mis errores, Tú me viste y corriste. No cruzaste los brazos ni esperaste en el umbral: acortaste la distancia y me abrazaste antes de que dijera una palabra. Enséñame a perdonar así. Confieso que muchas veces suelto la deuda pero cierro la puerta, que llamo madurez a mi distancia y sabiduría a mi frialdad. Dame un corazón que perdone pronto, no solo con la boca sino con los pies, dispuesto a moverme hacia quien me hirió. Ayúdame a distinguir entre los límites sabios que protegen y las murallas que solo se defienden. Que Tu gracia recibida se vuelva gracia entregada. Donde haya una relación rota que puedo restaurar, dame el valor de dar el primer paso. Que mi fe se muestre en brazos abiertos y en una puerta sin llave. Confío en que el mismo amor que corrió hacia mí me sostendrá cuando yo corra hacia otro. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Hay alguien a quien perdoné de palabra pero de quien me alejé en silencio? ¿Qué me impide acercarme?
  • ¿Cómo distingo entre un límite sabio y una muralla que solo me protege del dolor?
  • Recuerda una vez en que alguien corrió hacia ti en lugar de esperar tu disculpa. ¿Qué sentiste?
  • ¿Qué paso pequeño y concreto podría dar esta semana para moverme hacia una relación herida?
  • ¿En qué áreas necesito recibir de nuevo el abrazo del Padre antes de poder ofrecerlo?
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