El Señor me pregunta: ¿quieres ser sano?
Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? — Juan 5:6 — RVR1960

Cada mañana hago la misma promesa mientras se calienta el café: hoy sí voy a cambiar. Hoy seré más paciente, comeré mejor, oraré temprano, perdonaré esa deuda vieja que llevo cargando. Me gustan los comienzos limpios. Me gusta la sensación de una página en blanco, de un lunes, de un mes nuevo. Hay algo esperanzador en decir «desde hoy todo será distinto».
Pero esta semana me detuve en una pregunta que Jesús le hizo a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo junto a un estanque. No le dijo «anímate» ni «esfuérzate más». Le preguntó algo casi incómodo: «¿Quieres ser sano?». Y yo, que me creo tan decidida, sentí que la pregunta era para mí.
Porque a veces quiero el alivio sin la sanidad. Quiero sentirme mejor, pero no soltar aquello que me enferma. Quiero la paz sin dejar el rencor. Quiero la libertad sin abrir la mano que aprieta mis miedos. Es más fácil hacer pequeñas promesas que rendir el corazón entero. Es más cómodo empezar de nuevo mil veces que dejar que Dios toque la raíz.
El hombre del estanque respondió con excusas: nadie me ayuda, otros llegan primero. Yo también tengo mis excusas listas. Y sin embargo, Jesús no lo regañó. Lo sanó. Le pidió que se levantara y caminara con lo poco que tenía.
Entonces entendí que un comienzo verdadero no es un calendario nuevo, sino un corazón rendido. No basta con querer cambiar; hay que dejar que Dios cambie lo que yo no puedo. Y esa entrega da un poco de miedo, porque significa soltar la historia conocida, aunque me duela.
Hoy no le llevo a Dios solo mis buenas intenciones. Le llevo también mi miedo, mi cansancio, mi resistencia. Le digo la verdad: Señor, sí quiero ser sano, aunque no sé cómo. Y descubro que esa honestidad temblorosa es el mejor punto de partida. Él no espera que yo llegue arreglada. Espera que yo me rinda.
Mañana amanecerá otra vez, y no será mi fuerza la que lo haga nuevo. Será su misericordia, que es nueva cada mañana, sosteniéndome en el umbral de lo que Él quiere hacer.
Oración
Señor Jesús, hoy escucho tu pregunta y no quiero esconderme de ella. ¿Quiero ser sano? Sí, quiero, pero confieso que muchas veces prefiero el alivio fácil antes que la sanidad verdadera. Me acostumbré a mis excusas, a mis heridas conocidas, a empezar de nuevo sin entregarte la raíz. Perdóname por darte solo buenas intenciones cuando lo que necesitas es mi corazón entero.
Hoy te traigo lo que soy: mi esperanza y también mi miedo, mi deseo de cambiar y mi resistencia a soltar. No me pidas que llegue arreglada, porque no puedo. Solo puedo rendirme. Tómame como estoy y hazme nuevo desde adentro.
Gracias porque no me regañas por mis dudas, sino que me llamas a levantarme. Enséñame a caminar contigo un paso a la vez, confiando en que tu misericordia es nueva cada mañana. Que mi comienzo no dependa de mi fuerza, sino de tu gracia. En tu nombre me entrego. Amén.
Para reflexionar
- ¿En qué áreas de mi vida busco alivio rápido en lugar de sanidad verdadera?
- Si Jesús me preguntara hoy «¿quieres ser sano?», ¿qué le respondería con honestidad?
- ¿Qué excusas repito para no soltar aquello que me hace daño?
- ¿Qué miedo necesito entregarle a Dios junto con mi esperanza?
- ¿Cómo sería un comienzo verdadero, no de calendario sino de corazón rendido?



