Dios me plantó aquí para florecer
Plantados en la casa de Jehová, en los atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes, — Salmo 92:13-14 — RVR1960

Durante mucho tiempo pensé que mi vida verdadera empezaría en otro lado. En una ciudad más grande, en un trabajo más importante, en una etapa donde por fin todo cuadrara. Mientras tanto, este barrio pequeño, esta casa con la pintura descascarada, esta rutina de siempre las mismas caras, me parecía una sala de espera. Un lugar donde matar el tiempo hasta que Dios me llevara a lo bueno.
Una tarde, ayudando a mi vecina a cuidar su jardín, ella me señaló un rosal que crecía junto a la pared trasera, casi a la sombra. «Ese es mi favorito», me dijo. Yo lo miré sin entender: había otros más grandes, más vistosos, en pleno sol. Ella sonrió. «Este ha aprendido a florecer donde le tocó. Y mira qué rosas da.» Me quedé mirando esas flores rojas asomándose en el rincón menos privilegiado del patio, y sentí que Dios me hablaba a través de ellas.
Me di cuenta de que llevaba años tratando este lugar como un castigo, cuando quizá era un encargo. No un accidente, sino una asignación. La misma pregunta que le hicieron a Ester me alcanzó de nuevo: ¿y si estás aquí precisamente para este tiempo y este lugar? Las personas que Dios pone a mi alrededor, las conversaciones ordinarias, los favores pequeños, todo eso no era la sala de espera. Era el llamado.
El salmo lo dice con una imagen que me sostiene: los plantados en la casa de Jehová florecerán en los atrios de nuestro Dios. Plantados. No de paso, no arrastrados por el viento, sino puestos con propósito, con raíces que Dios mismo cuidó.
Todavía hay días en que sueño con un lugar más fácil, más soleado, donde todo sería más sencillo. No voy a fingir que ese anhelo desapareció. Pero he empezado a rendirlo. En vez de preguntar «Señor, ¿cuándo me sacas de aquí?», estoy aprendiendo a orar «Señor, muéstrame cómo servirte aquí». Y descubro que, en el rincón menos vistoso, también se dan rosas. Que Dios no desperdicia el suelo donde me sembró. Que puedo dar fruto aun en la vejez, jugoso y verde, si dejo que mis raíces se hundan en Él.
Oración
Padre, tantas veces he mirado el lugar donde me pusiste como si fuera un error tuyo. He soñado con escapar a algo más grande, más cómodo, más luminoso, sin ver que aquí me sembraste con propósito. Perdóname por tratar como castigo lo que Tú diste como encargo. Hoy quiero rendirte mi inquietud. No te pido primero que me cambies de lugar, sino que me enseñes a florecer en este. Hunde mis raíces en Ti, para que el suelo difícil no me seque, sino que me haga dar fruto. Dame ojos para ver a las personas que pusiste cerca de mí como parte de mi llamado, y manos dispuestas a servir en lo pequeño y cotidiano. Cuando vuelva el anhelo de una vida más fácil, recuérdame que Tú no me plantaste por accidente, sino para este tiempo. Que pueda decir con confianza que estoy en tu casa, y que aquí, justo aquí, daré flores para tu gloria. Gracias porque Tú cuidas la tierra donde me sembraste. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué lugar o etapa de mi vida he estado tratando como una sala de espera en vez de un llamado?
- ¿A dónde sueño con escapar, y qué creo que encontraría allí que no puedo tener aquí?
- ¿Quiénes son las personas que Dios ha puesto cerca de mí en este lugar, y cómo podría servirles esta semana?
- ¿Qué significaría para mí orar ‘muéstrame cómo servirte aquí’ en lugar de ‘sácame de aquí’?
- ¿En qué área siento que mis raíces necesitan hundirse más en Dios para dar fruto?



