Devocionales

Este es el día que hizo Jehová

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Este es el día que hizo el Señor; me gozaré y me alegraré en él.

Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él. — Salmo 118:24 — RVR1960

Este es el día que hizo el Señor; me gozaré y me alegraré en él.

Mi mamá lleva casi un año en la mesa de al lado de la ventana. La artritis le quitó los paseos largos, y yo llego cada tarde a hacerle compañía con la idea, siempre, de que las cosas van a mejorar. «Cuando terminen las terapias», me digo. «Cuando pase el invierno». «Cuando yo tenga más tiempo». Vivo esperando una temporada más tranquila que nunca termina de llegar.

Una tarde entré apurada, con la cabeza en mil pendientes, y ella me detuvo con la mano. «Espera —me dijo bajito—, mira». Sobre la mesa, un rayo de sol atravesaba el vaso de agua y pintaba un pequeño arco de colores en el mantel blanco. Duraba lo que dura una nube en cruzar el cielo. Mi mamá lo miraba como quien mira un regalo.

Yo casi lo piso con mi prisa. Casi lo espanto, como espantamos tantas cosas pequeñas por correr hacia la siguiente. Pero me senté. Puse las llaves a un lado. Y me quedé quieta, mirando ese hilo de color junto a las manos cansadas de mi mamá.

Y entendí algo que llevaba meses sin ver: yo estaba tan ocupada esperando que la vida se acomodara que me estaba perdiendo la vida. Esperaba el día bueno como si aún no hubiera llegado, cuando el día bueno era ese, con todo y limitaciones, con todo y cansancio.

El salmo dice: «Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él». No dice el día perfecto. No dice el día en que todo esté resuelto. Dice este. El que tengo en las manos, aunque me duela una parte.

No te voy a decir que tu carga no pesa. Pesa, y Dios lo sabe. Pero quizás Él no está esperando a que todo mejore para acercarse. Quizás está aquí ahora, escondido en cosas chiquitas: un arco de luz, una risa breve, un té caliente entre dos manos. Alegrías pequeñas que solo alcanza quien se queda quieto para recibirlas.

Cada una de ellas es como si Dios susurrara: «Estoy aquí». No en un mañana lejano. Aquí, en este día que Él hizo, y que no se repetirá jamás.

Oración

Señor, perdóname por vivir esperando. Siempre pienso que voy a alegrarme cuando las cosas mejoren, cuando pase esta etapa difícil, cuando por fin todo se acomode. Y mientras tanto dejo pasar los días que Tú me regalas, sin verlos, sin agradecerlos.

Gracias porque este día, tal como es, salió de tus manos. No el día perfecto que imagino, sino este, con sus pesos y sus grietas. Ayúdame a quedarme quieta el tiempo suficiente para notar las alegrías pequeñas que pones en mi camino: la luz en la ventana, una voz querida, un momento de calma.

Enséñame a leer esas cosas chiquitas como lo que son: tu manera de decirme «estoy aquí». No dejes que la prisa ni la preocupación me hagan espantarlas.

No te pido que borres lo difícil, sino que me des ojos para hallarte en medio de ello. Recuérdame, Señor, que Tú no esperas a que todo mejore para estar cerca. Ya estás cerca. Hoy. Gracias por este día. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué temporada futura estoy esperando para por fin sentirme en paz? ¿Qué me estoy perdiendo mientras espero?
  • Nombra tres alegrías pequeñas de hoy. ¿Cómo pudo Dios estar hablándote a través de ellas?
  • ¿En qué momento del día suelo ir con más prisa? ¿Cómo sería detenerme allí para buscar a Dios?
  • ¿Qué carga real llevas hoy? Cuéntasela a Dios sin minimizarla, y pídele que se acerque en medio de ella.
  • Si creyeras de verdad que este día lo hizo Jehová, ¿qué harías distinto en las próximas horas?
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