Devocionales

Aunque ande en valle de sombra, Tú estás conmigo

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No temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo.

Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. — Salmo 23:4 — RVR1960

No temeré mal alguno,
porque Tú estás conmigo.

El otro día acompañé a una amiga a recoger unos resultados médicos. No eran míos, pero la sala de espera se me hizo estrecha como un pasillo entre dos paredes altas. El aire olía a desinfectante y a nervios. Ella apretaba su bolso contra el pecho y yo no sabía qué decir, así que solo le puse la mano sobre la mano.

Hay caminos que uno preferiría no andar. Ese día entendí que el Salmo 23 no promete que el valle desaparezca. David no escribió «no habrá valle». Escribió «aunque ande en valle de sombra de muerte». La sombra está ahí. El peligro es real. Lo que cambia no es el paisaje, sino quién camina a nuestro lado.

Mientras esperábamos, mi amiga me susurró: «Tengo miedo». No le contesté con frases bonitas. Le dije lo único cierto: «Dios está aquí, en esta silla, contigo». Y algo en ella se enderezó. No porque el miedo se hubiera ido, sino porque el miedo dejó de estar solo.

Eso es lo que hace la presencia de Dios. No borra la enfermedad, no aparta la crisis, no acorta el pasillo. Pero convierte un camino de terror en un camino acompañado. Y un camino acompañado se puede caminar.

He descubierto que el valor no siempre se siente como valor. A veces se parece a dar un paso más cuando querías detenerte. A veces es solo respirar y decir en voz baja: «Tú estás conmigo». Esa frase no la inventamos cuando todo va bien. La descubrimos cuando todo tiembla, y entonces se vuelve casi un grito, una declaración desesperada que resulta ser verdad.

Esa tarde los resultados fueron mejores de lo temido. Pero yo salí sabiendo que, aun si hubieran sido malos, la promesa habría seguido en pie. Porque lo que sostiene no es el desenlace, sino la compañía.

Si hoy estás en tu propio valle, no te pido que finjas que no hay sombras. Te invito a algo más pequeño y más firme: pon la mano sobre tu pecho y dile a tu propio corazón lo que es cierto. «Dios está conmigo, por tanto, no temeré». Repítelo hasta que tus pies aprendan a seguir caminando.

Oración

Señor, hay valles que no elegí y que no puedo esquivar. Reconozco delante de ti que tengo miedo, que las paredes de mi crisis se ven altas y la salida no aparece. No te pido primero que cambies el camino, aunque bien podrías. Te pido lo que prometiste: tu compañía. Que yo sepa, con una certeza que va más hondo que mis nervios, que Tú estás conmigo en esta silla, en esta noche, en este pasillo estrecho. Que tu vara y tu cayado me infundan aliento cuando mis fuerzas se acaben. Enséñame a decir en voz alta lo que es verdad: que no camino solo, que la sombra no tiene la última palabra, que tu presencia transforma el terror en un sendero que sí puedo recorrer. Dame el valor pequeño de dar un paso más, y luego otro. Y cuando el miedo vuelva a gritar, ayúdame a responderle con tu promesa: ‘no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo’. En el nombre de Jesús, mi Pastor, amén.

Para reflexionar

  • ¿Cuál es el valle que estoy atravesando hoy, y qué es lo que más temo de él?
  • ¿Qué cambiaría si creyera de verdad que Dios está sentado a mi lado en medio de esto?
  • ¿A quién puedo acompañar hoy en su valle, sin frases bonitas, solo con mi presencia?
  • Escribe en voz alta la declaración: «Dios está conmigo, por tanto no temeré». ¿Qué sientes al decirla?
  • ¿Recuerdas un valle que ya atravesaste? ¿Cómo estuvo Dios contigo allí?
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