Dios te escogió y te llamó suyo
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. — 1 Pedro 2:9 — RVR1960

Ayer encontré una vieja fotografía mía en el fondo de una caja. Tenía unos seis años, la camiseta manchada de barro, un raspón en la rodilla y el cabello despeinado por una tarde entera de correr. No era una foto elegante. Era yo en mi peor momento del día, sucia y cansada. Y sin embargo, atrás, con la letra de mi madre, decía: «Mi tesoro».
Me quedé mirando esas dos palabras un largo rato. Mi madre no escribió eso porque yo estuviera limpia o porque me hubiera portado perfectamente ese día. Lo escribió porque yo era suya. La suciedad no cambiaba el nombre que ella me había dado. El raspón no borraba la palabra «tesoro».
Cuántas veces he pensado lo contrario con Dios. He creído, sin decirlo en voz alta, que su amor por mí sube y baja según mi día. Que cuando llego a Él limpia, con mis oraciones al día y mi corazón ordenado, soy más suya. Y que cuando llego manchada, cansada, con la fe raspada, quizás dejo de pertenecerle un poco.
Pero eso no es lo que dice su Palabra. Pedro escribió que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Escogido. Esa palabra me detiene. Dios no me eligió después de ver que yo lo merecía. Me escogió primero, antes de que yo pudiera ganarme nada. Me escogió en mi mejor día con el mismo gozo con que me escoge en el peor.
Mi condición no decide de quién soy. Puedo llegar rota, gastada, con la ropa del alma manchada, y el nombre que Él grabó en mí sigue siendo perfectamente legible: suya. Nada de lo que me pase, ninguna caída, ninguna mancha, puede deshacer una elección que Dios hizo por su propio amor.
Esa foto vieja volvió a la caja, pero la verdad se quedó conmigo. No pertenezco a Dios porque yo sea impecable. Pertenezco a Dios porque Él me llamó suya, y su llamado no se borra. Hoy, aunque llegue con las rodillas raspadas, puedo levantar la cabeza y decir sin miedo: soy escogida, soy suya, y eso ya no cambia.
Oración
Padre, gracias por escogerme antes de que yo hiciera algo para merecerlo. Confieso que muchas veces he creído que tu amor depende de mi condición, que llego a Ti más aceptada cuando estoy limpia y menos amada cuando estoy rota. Perdóname por dudar de tu corazón. Hoy quiero descansar en esta verdad: Tú me llamaste linaje escogido, pueblo adquirido, tuyo. No por lo que hago, sino por quien eres. Grábalo tan hondo en mí que ninguna caída pueda borrarlo, que ninguna mancha pueda hacerme dudar de a quién pertenezco. Cuando llegue a Ti cansada y gastada, recuérdame que sigo siendo tuya con el mismo gozo con que me recibes en mis mejores días. Ayúdame a vivir desde esa identidad y no buscándola, a caminar como hija amada y no como huérfana que mendiga un lugar. Gracias porque tu elección es segura y tu amor es firme. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Cuándo he sentido que el amor de Dios por mí depende de mi condición o mi desempeño?
- ¿Qué significa para mí que Dios me escogió antes de que yo hiciera algo para merecerlo?
- ¿Hay una mancha o caída que me hace dudar de que sigo perteneciéndole a Dios? ¿Qué le diría Él a esa duda?
- Si creyera de verdad que soy escogida y suya para siempre, ¿qué cambiaría en cómo me acerco a Dios hoy?
- ¿A quién puedo recordarle esta semana que su valor no depende de su condición, sino del amor de Dios?



