Devocionales

Dios me sostiene y me lleva en sus brazos

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Dios me sostiene y me lleva en sus brazos, hoy y siempre.

Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré. — Isaías 46:4 — RVR1960

Dios me sostiene y me lleva en sus brazos, hoy y siempre.

Hay una frase que solía repetirme con cierto orgullo secreto: «Lo logré». La decía después de cada temporada difícil, como quien cruza la meta y se felicita solo. Sobreviví a esa enfermedad. Salí de aquella deuda. Aguanté ese año que parecía no terminar nunca. Y en el fondo, sin decirlo en voz alta, me sentía fuerte, casi autosuficiente.

Pero hace poco me detuve a mirar hacia atrás con más calma, y algo cambió. Recordé las noches en que no tenía fuerzas ni para orar, y sin embargo amanecí. Recordé la ayuda que llegó sin que yo la pidiera, la paz que apareció en medio del ruido, las personas que Dios puso justo cuando el suelo temblaba. Y entendí que yo no había cargado con nada. Alguien me había estado cargando a mí.

Me imaginé como una niña pequeña frente a una montaña enorme. Yo siempre me vi escalando sola, apretando los dientes. Pero la verdad es otra: unos brazos me sostuvieron todo el camino. No caminé, fui llevada. No resistí por mi propia fuerza, fui sostenida por una fuerza que no era mía.

Esto no me humilla, me consuela. Porque si dependiera de mí, viviría con miedo de que un día se me acaben las fuerzas. Pero Dios no se cansa. Él mismo lo dice: hasta la vejez, hasta las canas, Él me llevará. No hay etapa de mi vida donde me suelte. No hay temporada tan pesada que sus brazos no alcancen.

Me gusta pensar que lo que viene también está en sus manos. No sé qué traerá el próximo tramo del camino, pero sé quién me sostiene. La montaña sigue siendo grande, y yo sigo siendo pequeña. Esa parte no cambió. Lo que cambió es que ahora sé que no estoy sola frente a ella.

Hoy dejo de decir «lo logré» y aprendo a decir «Él me llevó». Es una confesión más humilde, sí, pero también mucho más segura. Porque mi descanso ya no está en cuánto aguanto yo, sino en cuán fiel es Aquel que me lleva.

Oración

Padre, gracias porque no he caminado sola ni un solo día. Perdóname por las veces que me atribuí lo que solo Tú hiciste, por creer que sobreviví con mis propias fuerzas cuando en realidad eran tus brazos los que me sostenían. Hoy reconozco tu mano detrás de cada amanecer, de cada ayuda inesperada, de cada paz que no supe explicar.

Gracias porque tu promesa no tiene fecha de vencimiento. Me prometes llevarme hasta la vejez, hasta las canas, sin soltarme jamás. Enséñame a descansar en eso. Quítame el peso de creer que todo depende de mí, y dame la ternura de dejarme cargar como una niña en tus brazos.

Ante lo que viene, calma mi corazón. No conozco el camino, pero te conozco a Ti. Que mi confianza no esté en cuánto puedo resistir, sino en tu fidelidad que nunca se agota. Sé mi fuerza cuando la mía se acabe, mi sostén cuando tropiece, mi descanso cuando esté cansada. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué temporada difícil me he dicho «lo logré yo solo» sin reconocer la mano de Dios?
  • Al mirar hacia atrás, ¿dónde puedo ver ahora que Dios me estaba cargando sin que yo lo notara?
  • ¿Qué peso estoy intentando llevar con mis propias fuerzas hoy?
  • ¿Cómo cambia mi miedo al futuro saber que Dios promete sostenerme hasta las canas?
  • ¿Qué significa para mí dejarme llevar como una niña en los brazos de Dios?
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