Devocionales

Jesús es el regalo que nunca se acaba

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Jesús es el regalo que Dios me dio, y nunca se acaba.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. — Juan 3:16 — RVR1960

Jesús es el regalo que Dios me dio, y nunca se acaba.

Hay una tristeza pequeña que llega cuando una fiesta termina. Lo he sentido tantas veces: los platos ya lavados, los abrazos ya dados, la casa que vuelve a quedar en silencio. De pronto, después de tanto esperar un día especial, me quedo con la pregunta callada: «¿y ahora qué?».

Me pasó de niña con los regalos. Esperaba semanas por algo, lo abría con las manos temblando de emoción, y a los pocos días ya estaba guardado en un rincón, olvidado o roto. La alegría era real, pero tenía fecha de vencimiento. Todo lo que este mundo me da tarde o temprano se gasta, se pierde o pasa de moda.

Y entonces recuerdo el regalo que no cabe en ninguna caja.

Dios no me dio un objeto que se desgasta. Me dio a su propio Hijo. Envuelto en pañales, sí, pequeño y frágil como cualquier bebé, pero cargando en sí la salvación entera. El regalo más costoso que existe, porque le costó a Dios entregar lo que más amaba. Y ese regalo no se acaba cuando pasa diciembre. No se guarda en un rincón el 26. Jesús está conmigo cada día del año.

Hoy es martes cualquiera, o quizás un día gris, y Él sigue siendo mío. Mañana, cuando esté cansada y nadie me celebre, seguirá siendo mío. Cuando llegue el día que más miedo me da, Jesús no se habrá vencido ni gastado. Su amor no tiene fecha de vencimiento.

Me imagino a veces como una niña en una loma verde, levantando las manos hacia el cielo, no pidiendo un juguete nuevo, sino agradeciendo el regalo que ya tengo y que nunca perderé. Porque la gracia de Dios no depende de una temporada. No depende de que yo me la merezca. Depende solo de su corazón, que decidió amarme para siempre.

Si hoy sientes ese vacío del «¿y ahora qué?», levanta los ojos. El mejor regalo ya te fue dado, y sigue aquí. No se acaba. No se rompe. No pasa de moda. Se llama Jesús, y es tuyo cada mañana que despiertas.

Oración

Padre, gracias por el regalo que nunca se acaba. Gracias porque no me diste algo que se gasta, sino a tu propio Hijo, entregado por amor a mí. Reconozco que muchas veces busco alegría en cosas que se rompen y se olvidan, y me quedo vacía cuando pasan. Perdóname por olvidar lo que ya me diste. Hoy quiero levantar mis manos y agradecerte, no por un día especial, sino por un amor que me acompaña cada mañana. Ayúdame a recordar que Jesús es mío en los días de fiesta y en los días grises, en los momentos de celebración y en los de miedo. Que tu gracia no depende de lo que yo merezca, sino de tu corazón fiel. Cuando llegue el vacío del «¿y ahora qué?», recuérdame mirar hacia ti y descubrir que lo mejor ya lo tengo. Enséñame a vivir agradecida cada día por este regalo que jamás perderé. En el nombre de Jesús, tu don más precioso, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué cosas que se gastan he buscado alegría últimamente?
  • ¿Cómo cambia mi día saber que Jesús es mío cada mañana, no solo en fechas especiales?
  • ¿Qué significa para mí que este regalo le costó tanto a Dios?
  • ¿En qué momento del año me sentí más vacía, y cómo habría cambiado recordar este regalo?
  • ¿De qué manera puedo agradecer a Dios hoy, en un día común?
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