El amor de Dios nunca falla
El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. — 1 Corintios 13:8 — RVR1960

Ayer por la tarde me quedé mirando a mi sobrina armar un castillo de naipes sobre la mesa de la cocina. Ponía una carta, contenía la respiración, ponía otra. La torre subía frágil, temblorosa, hasta que un suspiro cualquiera la derribaba. Y ella, sin enojarse, volvía a empezar. La escena me pareció un espejo de mí misma.
Porque yo también he construido cosas altas con manos temblorosas: amistades, planes, la esperanza de que ciertas personas me amaran como yo necesitaba. Y muchas veces todo se vino abajo. El amor humano, aun el más sincero, tiene grietas. Se cansa, se distrae, a veces se marcha. He conocido ese dolor de sostener sola algo que se me caía entre los dedos, preguntándome si valía la pena volver a poner una carta más.
Fue entonces cuando volví a leer aquellas palabras: «El amor nunca deja de ser.» Y sentí que Dios me hablaba despacio. Su amor no es un castillo de naipes. No depende de mi buen día ni de mi buen desempeño. No se derrumba cuando yo fallo. El amor de Dios se sostiene en Él mismo, en su carácter que no cambia, en su fidelidad que no se cansa.
Qué descanso tan grande descubrir que no soy yo quien tiene que sostener la torre. Hay una mano más firme que la mía debajo de todo lo que soy. Cuando mi amor se agota, el suyo permanece. Cuando los demás me fallan, y cuando yo fallo a los demás, su amor sigue de pie, sereno, entero.
Mi sobrina terminó por lograrlo: dejó la última carta y la torre quedó en pie. Me miró con los ojos enormes de quien no puede creer lo que hizo. Yo pensé que así me mira Dios cada día, sosteniéndome, invitándome a soltar el peso que nunca fue mío. No tengo que ganarme su amor. Solo tengo que apoyarme en él.
Hoy elijo construir mi vida sobre ese fundamento que no se cae. Sobre el único amor que nunca falla.
Oración
Padre, gracias porque tu amor no se parece a nada de lo que yo conozco. No se cansa, no se distrae, no se marcha cuando fallo. Cuántas veces intenté sostener sola lo que se me caía de las manos, creyendo que dependía de mí, que tenía que merecer ser amada. Hoy quiero descansar. Quiero soltar el peso que nunca fue mío y apoyarme en tu amor firme, en tu fidelidad que no cambia. Perdóname cuando dudé de ti, cuando medí tu cariño por mis errores. Enséñame a construir mi vida sobre tu fundamento, no sobre la fragilidad de mis fuerzas ni sobre la aprobación de otros. Cuando el amor humano me falle, y cuando yo falle a quienes amo, recuérdame que el tuyo permanece de pie, entero, sereno. Lléname de tu amor para que también yo pueda amar a los demás sin exigir, sin cansarme, como un reflejo del tuyo. Gracias porque nunca dejarás de amarme. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué he estado sosteniendo con manos temblorosas, creyendo que todo depende de mí?
- ¿En qué momento el amor humano me falló y cómo marcó mi manera de confiar?
- ¿Creo de verdad que el amor de Dios no depende de mi buen desempeño? ¿Por qué me cuesta?
- ¿Qué peso puedo soltar hoy para apoyarme en el amor firme de Dios?
- ¿Cómo puedo reflejar hacia otros el amor que no se cansa que Dios tiene conmigo?



