La luz de Dios brilla en mis tinieblas
La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. — Juan 1:5 — RVR1960

Hubo una semana en la que no encontraba las ganas de nada. No era una tristeza con nombre y apellido, de esas que uno puede explicar. Era más bien una niebla que me despertaba cansada y me acostaba cansada, como si alguien hubiera bajado el volumen de todos los colores de la casa.
Una noche no podía dormir. Me levanté a tomar agua y, sin querer, me senté junto a la ventana de la cocina. Afuera todo estaba oscuro. Y entonces vi algo pequeño: una lucecita que titilaba en el patio del vecino, una de esas que se dejan prendidas por si acaso. No iluminaba gran cosa. No espantaba la noche entera. Pero ahí estaba, terca, encendida.
Me quedé mirándola más tiempo del que debería confesar. Y pensé: la oscuridad no la apagó. La noche completa, con todo su peso, no logró tragarse esa lucecita mínima. Ahí, sentada con mi vaso de agua tibio, sentí que Dios me susurraba algo sin palabras.
Porque yo había estado tratando de fabricarme esperanza. De convencerme, de repetirme frases bonitas, de fingir que estaba mejor. Y esa noche entendí que la esperanza no se fabrica. Se encuentra. No tengo que producir una gran luz desde adentro de mí. Solo tengo que dejar que la de Dios brille, aunque sea una llama pequeña, aunque yo apenas la alcance a ver.
Lo más consolador no fue que la oscuridad se fuera. No se fue esa noche. Lo consolador fue descubrir que Dios ya estaba ahí, dentro de la oscuridad conmigo, más cerca de lo que yo imaginaba. No me gritó desde lejos que me animara. Se sentó a mi lado en la cocina en penumbras y encendió algo diminuto para que yo respirara.
No hace falta que la luz sea enorme para que la noche pierda. Basta con que exista. Y existe, porque Él existe, y Él no se ha ido. Si hoy andas en tu propia niebla, no te pido que te sientas fuerte. Solo mira esa lucecita terca. Es de Dios. Y las tinieblas nunca han podido con ella.
Oración
Señor, vengo a ti tal como estoy, sin fingir que todo va bien. Tú sabes cuánta oscuridad he estado cargando, cuántas noches me he sentido sin fuerzas para seguir. No siempre puedo producir esperanza, y hoy dejo de intentar fabricarla sola. Enséñame a encontrarla en ti. Gracias porque tu luz no depende de mi ánimo ni de mi fe grande; brilla igual, terca y fiel, aun cuando apenas la alcanzo a ver. Gracias porque no me gritas desde lejos, sino que te sientas conmigo dentro de mi noche, más cerca de lo que imagino. Recuérdame que las tinieblas nunca han vencido tu luz y que jamás lo harán. Cuando la niebla vuelva, ayúdame a mirar esa llama pequeña y confiar en que eres tú. Dame valor para dar el siguiente paso, aunque sea pequeño. Y sostenme con la certeza de que no camino sola, porque tú vas conmigo y en ti hay luz. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué área de mi vida he estado tratando de fabricar esperanza en vez de encontrarla en Dios?
- ¿Cuál es la lucecita pequeña que Dios ha puesto cerca de mí esta semana, aunque parezca insignificante?
- ¿Qué oscuridad estoy fingiendo que no existe, y cómo sería llevársela honestamente a Dios?
- ¿Cómo cambia mi noche saber que Dios está dentro de ella conmigo y no gritándome desde lejos?
- ¿Qué paso pequeño puedo dar hoy confiando en que la luz de Dios va conmigo?
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