Jehová está cerca de los quebrantados de corazón
Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu. — Salmo 34:18 — RVR1960

Hubo una tarde en que no quise que nadie me viera. Cerré la puerta de mi cuarto, me senté en el piso con las rodillas contra el pecho y dejé que el silencio hiciera lo que las palabras ya no podían. No estaba enojada con Dios. Solo me sentía lejos, como si mi tristeza me hubiera puesto en una orilla y todos los demás siguieran del otro lado, ocupados, felices, sin notarlo.
Siempre creí que para acercarme a Dios tenía que estar entera. Peinada, sonriente, con el corazón en su lugar. Pensaba que Él prefería mi versión arreglada, la que canta afinado y da gracias sin que le tiemble la voz. Y por eso, en los días rotos, me escondía. Como si mi dolor fuera una falta de respeto.
Pero esa tarde, sentada contra la pared, sentí algo que no supe explicar de inmediato. No fue una voz ni una solución. Fue una cercanía. Como cuando alguien se sienta a tu lado sin decir nada, y su sola presencia ya pesa distinto en la habitación. Entendí, despacio, que Dios no esperaba a que yo terminara de llorar para venir. Ya estaba ahí. Se había sentado conmigo en el piso.
El Salmo lo dice sin adornos: «Jehová está cerca de los quebrantados de corazón». No dice que está cerca de los fuertes, ni de los que fingen bien. Dice quebrantados. Dice esos pedazos que yo escondía por vergüenza. Justo esos son la puerta por donde Él entra.
No me curé esa noche. La tristeza siguió unos días más. Pero algo cambió: dejé de esconderme. Aprendí que no tengo que fingir estar bien para merecer su compañía. Que mi honestidad, aunque llore, no lo espanta. Que Él se acerca precisamente cuando yo me creo más lejos.
Si hoy estás sentado en tu propia orilla, con el corazón hecho pedazos, no corras a arreglarte primero. Quédate ahí. Deja que Él se siente contigo. No viene a exigirte que sanes rápido. Viene a estar. Y su cercanía, sin apuro, es ya el comienzo de la paz.
Oración
Padre, gracias porque no esperas mi versión arreglada para acercarte a mí. Confieso que muchas veces me escondo cuando estoy roto, como si mi tristeza fuera un estorbo para ti. Hoy quiero creerte: que estás cerca de los quebrantados de corazón, que no huyes de mi dolor sino que caminas hacia él. Siéntate conmigo en el piso, Señor. No te pido que apures mi sanidad, solo que no me sueltes mientras dura. Enséñame a no fingir contigo, a traerte los pedazos tal como están. Gracias porque tu presencia no depende de que yo esté fuerte, sino de tu amor que no se cansa. Cuando me sienta lejos, recuérdame que ya estás aquí, más cerca de lo que imagino. Sé mi compañía en el silencio, mi paz en la noche larga, mi consuelo cuando no tengo palabras. En el nombre de Jesús, que conoció el quebranto y no me deja solo, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué momentos siento que tengo que estar entero para acercarme a Dios?
- ¿Qué parte de mi corazón he estado escondiendo por vergüenza o cansancio?
- ¿Cómo cambiaría mi oración si creyera que Dios ya está sentado a mi lado en mi dolor?
- ¿Qué significa para mí no apurar mi sanidad y dejar que Dios simplemente esté presente?
- ¿A quién podría acompañar hoy como Dios me acompaña, sin intentar arreglarlo todo?
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