Devocionales

Dios de mi salvación, tú eres mi alegría

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Me alegraré en el Dios de mi salvación. Él es mi fuerza cuando nada sale como esperaba.

Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación. — Habacuc 3:17-18 — RVR1960

Me alegraré en el Dios de mi salvación.
Él es mi fuerza cuando nada sale como esperaba.

Llevaba tres días esperando una respuesta que no llegaba. Un correo importante, del que dependía casi todo lo que tenía planeado para el mes, seguía sin contestar. Cada mañana revisaba el teléfono antes de levantarme, y cada mañana encontraba lo mismo: nada. Nada nuevo, nada resuelto, nada que me permitiera por fin soltar el aire que llevaba días conteniendo.

Ese silencio empezó a colarse en todo lo demás. Cociné sin ganas. Contesté con frases cortas. Miraba a mis hijos jugar en el patio y en vez de disfrutarlos pensaba en lo que aún no sabía. Como si mi corazón hubiera puesto una condición: primero que se arregle esto, y después, tal vez, permitiré volver a estar contenta.

Esa tarde abrí el libro de Habacuc casi por costumbre. Y ahí estaba ese profeta con su lista de cosas que no tenía. La higuera sin flores, la vid sin uvas, los campos sin cosecha, el establo vacío. Todo lo que un agricultor podía perder, lo nombró sin adornos, sin fingir que no dolía. No dijo «no pasa nada». Dijo la verdad de lo que faltaba.

Y luego apareció esa palabra pequeña que lo cambia todo: «con todo». Con todo eso encima, con la lista intacta, con nada resuelto, decidió alegrarse. No en la cosecha, porque no la había. No en el establo lleno, porque estaba vacío. Se alegró en el Dios de su salvación.

Ahí entendí que mi gozo se había amarrado a una respuesta de correo. Lo tenía secuestrado por algo tan pequeño, esperando un permiso que nunca iba a llegar solo. Pero Dios seguía siendo Dios sin importar lo que dijera ese mensaje. Su salvación no dependía de mi mes bien organizado.

Salí al patio. No porque el problema se hubiera resuelto, seguía sin resolverse. Salí porque decidí alegrarme en Él ahora, en la mitad sin arreglar. Me senté en el pasto con mis hijos y me reí de algo que uno dijo. El correo seguía sin llegar. Y aun así, ahí, mi alma encontró su fuerza en el único lugar que nunca se vacía.

Oración

Señor, perdóname por poner mi alegría en manos de cosas que todavía no se resuelven. Tantas veces he esperado el «entonces» que nunca llega solo, el momento en que todo esté en orden para por fin respirar tranquila. Hoy quiero decirte la verdad de lo que me pesa, sin fingir que no duele, sin pretender que todo está bien. Pero también quiero decir, como Habacuc, ese «con todo» que lo cambia todo. Con todo lo que aún falta, con la lista sin terminar, elijo alegrarme en ti. Porque tú eres el Dios de mi salvación, y eso no cambia cuando cambian mis circunstancias. Tú eres mi fuerza cuando yo me siento sin fuerzas. Enséñame a encontrar gozo aquí, en la mitad sin arreglar, y no solo al final. Que mi corazón deje de esperar permiso de las cosas para descansar en ti. Gracias porque tu salvación no depende de mis buenos días. Tú permaneces. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿A qué «entonces» le he entregado el permiso de mi alegría últimamente?
  • Si escribiera hoy mi propia lista de lo que falta, como hizo Habacuc, ¿qué pondría?
  • ¿Qué significaría para mí decir «con todo» y elegir el gozo antes de que se resuelva?
  • ¿En qué parte de mi día podría alegrarme en Dios ahora, sin esperar que cambie nada?
  • ¿Qué recuerdo tengo de la fidelidad de Dios que sostiene mi gozo aunque las circunstancias no cambien?

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