Devocionales

Nada hay imposible para Dios

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Para Dios no hay nada imposible. Tráele hoy lo que parece imposible.

Porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. — Mateo 17:20 — RVR1960

Para Dios no hay nada imposible. Tráele hoy lo que parece imposible.

Mi abuela guardaba un frasco de semillas en la cocina. No era un frasco bonito ni importante; era un tarro viejo de mermelada donde juntaba las semillitas que sacaba de los tomates, de los melones, de cualquier fruta que pasara por sus manos. Yo me burlaba un poco. «¿Para qué tanta semilla, abuela, si la mayoría ni se va a sembrar?» Ella se reía y seguía guardándolas.

Un día la vi tomar una semilla minúscula, casi invisible entre sus dedos arrugados, y clavarla en una maceta de tierra seca. «Mira esto», me dijo. Yo no vi nada. Solo tierra. Solo espera. Confieso que me pareció un gesto inútil, uno de esos que hacen los abuelos por costumbre más que por fe.

Esta semana me acordé de esa escena, porque me descubrí mirando mis propios asuntos imposibles con los mismos ojos escépticos. Hay cosas que he dejado de poner en las manos de Dios no porque crea que Él no quiere, sino porque secretamente dudé de que pudiera. Las archivé en la categoría de «esto ya no tiene remedio». Y al hacerlo, sin darme cuenta, le puse límites al que no tiene ninguno.

Pero el versículo no dice que la montaña se mueva por el tamaño de mi fe. Dice que nada será imposible. La fuerza no está en mi semilla; está en la tierra que la recibe, en el Dios que hace crecer. La abuela no confiaba en la semilla. Confiaba en que algo mucho más grande que ella seguía trabajando debajo de la tierra, en silencio, mientras nosotros dormíamos.

Abraham no tenía fe perfecta, y aun así nació Isaac. Ana no oraba con elocuencia, apenas movía los labios, y Dios la escuchó. El mar se abrió no porque el pueblo creyera firme, sino porque Dios es Dios. Mi parte no es fabricar una fe enorme. Mi parte es soltar la semilla pequeña, otra vez, en esa tierra que nunca ha fallado.

Hoy volví a nombrar delante de Él aquello que había guardado como imposible. No sé cómo lo hará. Pero decidí dejar de medir su poder con mi cansancio. Lo que para mí está cerrado, para Él apenas comienza.

Oración

Señor, perdóname por las oraciones que archivé como imposibles. Sin darme cuenta te medí con mi propio cansancio, como si tu poder dependiera del tamaño de mi fe. Hoy quiero devolverte esa semilla pequeña que había guardado por miedo a esperar en vano. Tú no necesitas que yo crea de manera perfecta; necesitas que te entregue lo que tengo, aunque sea diminuto. Para ti no hay nada imposible, ni lo que lleva años sin cambiar, ni lo que parece clavado en su lugar. Recíbeme con mis dudas y haz crecer lo que yo no puedo mover. Enséñame a confiar no en mi semilla, sino en la tierra fértil de tu bondad, donde trabajas en silencio mientras yo duermo. Hoy vuelvo a nombrar delante de ti aquello que había dejado por perdido, y lo pongo en tus manos sin exigirte cómo ni cuándo. Gracias porque lo cerrado para mí apenas comienza para ti. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿Qué oración has archivado en la categoría de «esto ya no tiene remedio»?
  • ¿En qué momento empezaste a medir el poder de Dios con tu propio cansancio?
  • ¿Confías más en el tamaño de tu fe o en el Dios que la recibe?
  • ¿Qué semilla pequeña puedes volver a entregarle hoy sin exigir el cómo?
  • ¿Qué historia bíblica de espera larga te recuerda que nada es imposible para Él?

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