Parábolas Para El Alma

¿A quién no le escribes hoy por no ceder primero tú?

4 min de lectura
¿A quién no le escribes hoy por no ceder primero tú?

El silbato rojo

“Marcos salía de la panadería al amanecer y corría directo a entrenar en la cancha del barrio. Una pelea no resuelta con Rubén pesaba más que cualquier partido.”

🎧 Escucha la reflexión

Marcos trabajaba de noche en una panadería. Cuando terminaba su turno, con olor a pan recién hecho en la ropa y los ojos cansados, cruzaba varias calles hasta llegar a la cancha del club del barrio. Allí entrenaba con su equipo para el torneo de fin de semana.

Decía que quería ganar por amor al deporte, pero en el fondo quería ganar por otra razón. Quería demostrar que no necesitaba a nadie. Sobre todo, quería demostrarle algo a Rubén.

Meses atrás, Marcos y Rubén habían discutido después de un entrenamiento. Empezaron hablando de una jugada mal hecha y terminaron diciendo palabras duras. De esas palabras que salen rápido, pero se quedan mucho tiempo. Desde entonces, dejaron de saludarse.

Una tarde, Rubén intentó acercarse junto a las bancas metálicas, donde los jugadores dejaban las toallas colgadas en la reja.

—Marcos, podemos hablar un momento —le dijo.

Marcos ni siquiera se detuvo.

—No tengo nada que hablar —respondió, sin mirarlo.

Desde aquel día, cada entrenamiento se volvió una competencia silenciosa. Si Rubén corría más, Marcos corría el doble. Si Rubén hacía un pase bueno, Marcos buscaba hacer uno mejor. El entrenador soplaba su silbato rojo para ordenar los ejercicios, pero Marcos sentía que otro silbato sonaba dentro de él: el del orgullo, mandándole apretar los dientes y no ceder.

Llegó el día del partido. La cancha estaba llena de voces, pasos rápidos y nervios. Marcos jugaba con fuerza, como si cada pelota pudiera darle la razón. Rubén también jugaba serio, pero evitaba mirarlo.

En una jugada sencilla, Rubén saltó para alcanzar el balón y cayó mal. Su cuerpo golpeó el césped sintético y quedó tendido, agarrándose la pierna. Su rostro se puso pálido. Intentó respirar, pero el susto lo dejó sin aire.

Por un momento, todos se quedaron quietos.

—Llamen al encargado —dijo alguien.

Pero el encargado estaba al otro lado del club y tardaría en llegar.

Marcos fue el primero en moverse. No pensó en la pelea ni en las palabras pendientes. En la panadería había recibido una capacitación básica de primeros auxilios, por si alguien se cortaba o se desmayaba cerca del horno. Se arrodilló junto a Rubén, le aflojó el cuello de la camiseta y le habló despacio.

—Respira conmigo. Tranquilo. No muevas la pierna.

Rubén, todavía asustado, le apretó la mano. Marcos se la sostuvo sin soltarlo. Le pidió que respirara lento, le hizo espacio para que no se amontonaran los demás y esperó a que volviera el color a su cara.

Cuando llegó el encargado y preguntó qué había pasado, fue Rubén quien habló primero, todavía en el suelo.

—Marcos me ayudó —dijo, mirándolo a los ojos—. Fue el único que vino enseguida.

Marcos sintió vergüenza. El hombre al que había querido vencer durante meses lo estaba defendiendo delante de todos. Entonces entendió que su orgullo no lo había hecho más fuerte; solo lo había mantenido lejos de alguien que seguía siendo una persona necesitada de ayuda, igual que él.

Esa tarde, antes de irse, Marcos se acercó a Rubén junto a las bancas metálicas. El silbato rojo del entrenador colgaba quieto en la reja.

—Perdóname —dijo Marcos—. Dejé que una discusión mandara sobre mí demasiado tiempo.

Rubén lo miró un momento y asintió. No tuvieron que explicar cada detalle de la pelea. A veces, el primer paso sincero dice más que muchas defensas.

Moraleja: Cuántas veces, como Marcos, dejamos que el orgullo sople su silbato dentro de nosotros y nos ordene no pedir perdón. Convertimos una discusión en una competencia, y terminamos tratando como enemigo a alguien que quizá solo espera una palabra humilde. Recordemos que pedir perdón no nos hace débiles; nos libera de seguir entrenando el corazón para la dureza. No esperemos una caída, un susto o una pérdida para acercarnos: demos hoy el primer paso hacia la reconciliación.

Versículo

Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. – Romanos 12:18

Reto para hoy

Esta semana, piensa en esa persona con la que ya no conversas con tranquilidad: alguien de tu familia, del trabajo, del equipo o de un grupo de mensajes. ¿A quién tendrías que escribirle antes del viernes para abrir una puerta de paz? Hoy envíale un mensaje sencillo: "¿Podemos hablar un rato? Quiero arreglar lo que quedó mal".

Oración

Dios, reconozco que a veces mi orgullo quiere dirigir mis palabras. Muéstrame a la persona que ahora me cuesta buscar sin excusas. Dame humildad para escribir, llamar o acercarme con paz. Ayúdame a elegir la reconciliación antes que la última palabra. Amén.

Compartir artículo:
https://renuevo.com/a-quien-no-le-escribes-hoy-por-no-ceder-primero-tu.html

Deja un comentario