Parábolas Para El Alma

¿Acusaste sin estar seguro y ahora callas para no perder tu orgullo?

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¿Acusaste sin estar seguro y ahora callas para no perder tu orgullo?

La fila del kiosco

“Don Mateo compraba café cada mañana en el kiosco donde un joven cajero ya lo esperaba con la taza lista. Una sospecha pequeña pondrá a prueba su orgullo frente a otros.”

🎧 Escucha la reflexión

Don Mateo bajaba del autobús cada mañana en la misma parada y se detenía en el kiosco de la esquina. Pedía un café para llevar y, a veces, un boleto de lotería. El cajero, un muchacho de unos veinte años, ya lo conocía y le tenía la taza lista apenas lo veía llegar.

Aquella mañana, Don Mateo pagó con un billete grande. El muchacho le devolvió el cambio sobre la bandeja de monedas, junto al recibo manchado de café. Don Mateo guardó todo en la billetera sin contar bien, subió a la acera y, al sentarse en una banca, le pareció que le faltaban unas monedas. Volvió furioso al mostrador.

—Me diste mal el cambio —dijo, levantando la voz.

La fila detrás de él se quedó callada. El muchacho revisó la caja, contó dos veces y le aseguró que todo estaba correcto. Pero Don Mateo no quiso escuchar.

—Llevo toda la vida cuidando cada centavo de mi pensión, y no voy a dejar que un jovencito me vea la cara de tonto —dijo.

Se guardó el recibo arrugado y se fue ofendido, sin mirar atrás.

Esa tarde, en su cuarto alquilado, Don Mateo sacó la billetera para acomodar sus papeles. Al abrir el doblez del fondo, donde casi nunca metía la mano, encontró dos monedas pegadas contra el cuero. Eran las que creía perdidas. El muchacho no le había robado nada. El cambio siempre había estado completo, escondido en su propia billetera.

Don Mateo se quedó mirando esas dos monedas un largo rato. Por dentro libraba una pelea más cara que cualquier vuelto. Una voz le decía que rompiera el recibo y olvidara el asunto, que nadie tenía por qué enterarse de su error. Otra voz, más callada, le recordaba la cara del muchacho frente a toda la fila.

A la mañana siguiente volvió al kiosco. La fila era larga, igual que el día anterior. Don Mateo podía haber esperado a que se vaciara, podía haber dejado las monedas en la bandeja sin decir palabra. Pero se puso al frente, miró al muchacho a los ojos y habló para que todos oyeran.

—Ayer te acusé de robarme y me equivoqué —dijo—. El cambio estaba en mi billetera. Perdóname. Te falté el respeto delante de toda esta gente, y delante de toda esta gente te pido disculpas.

El muchacho, sorprendido, solo alcanzó a sonreír y a decir que no se preocupara. Pero algo había cambiado. Don Mateo salió del kiosco más liviano de lo que había entrado, como si hubiera soltado un peso que cargaba desde la víspera.

Moraleja: Cuántas veces, como Don Mateo, nos cuesta más reconocer una acusación equivocada que perder unas monedas. El orgullo nos convence de que callar el error nos protege, cuando en realidad deja a otro cargando una herida que nosotros causamos. La fe no se demuestra solo cuando tenemos razón; también se demuestra cuando volvemos a dar la cara y pedimos perdón con nombre, sin excusas y, si es necesario, delante de quienes escucharon la acusación. Si acusaste a alguien injustamente, no rompas el recibo en silencio: pide perdón con la misma claridad con que ofendiste.

Versículo

El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. – Proverbios 28:13

Reto para hoy

Esta semana, si en el trabajo, en casa o en el chat familiar acusaste a alguien sin estar seguro, no lo tapes con silencio. ¿A quién tendrías que escribirle o llamarle antes del viernes para reconocerlo sin excusas? Hoy elige a esa persona, dile exactamente qué dijiste mal y pide perdón con la misma claridad con que la expusiste. Si fue delante de otros, repara también delante de quienes escucharon.

Oración

Dios, me cuesta admitir cuando mi orgullo habló más fuerte que la verdad. Perdóname por el juicio rápido que cargo y por las palabras que han dejado a alguien mal delante de otros. Dame humildad para buscar hoy a esa persona que necesita una disculpa clara de mi parte, sin excusas ni rodeos. Ayúdame a devolver paz donde sembré sospecha. Amén.

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