Devocionales

Amarás a Dios con todo tu corazón

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Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. — Mateo 22:37 — RVR1960

Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

Esta mañana intenté hacer mi oración mientras revisaba el celular, planeaba el almuerzo y repasaba una conversación pendiente que me dejó inquieta. Cerré los ojos para hablar con Dios, y mi mente ya estaba en otra parte, tirada de una docena de hilos distintos. Cuando terminé, sentí que no le había dado a Dios ni una parte entera de mí. Le había dado sobras, migajas de atención repartidas entre mil cosas.

Entonces me detuve en una palabra pequeña que a veces paso por alto: «todo». Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. No con un pedazo. No con lo que me sobre al final del día. Con todo.

Me di cuenta de que rara vez le doy algo completo a Dios. Mi corazón está dividido entre lo que amo y lo que temo. Mi alma se cansa y busca descanso en lugares que no descansan. Mi mente corre en direcciones que ni yo alcanzo a seguir. Y aun así, Dios no me pide que sea perfecta antes de amarlo. Me pide que le entregue lo que soy, entero, tal como está.

Así que hice algo sencillo. Puse las dos manos sobre mi pecho, respiré despacio y le dije: «Señor, aquí estoy, completa. No la mitad. No la versión ocupada. Toda yo.» No fue un sentimiento dramático. Fue una decisión pequeña, la misma que tendré que volver a tomar mañana, y pasado, y el día siguiente.

Porque amar a Dios con todo no es algo que se logra una sola vez. Es un regreso diario, una y otra vez, al mismo lugar donde entrego lo disperso y pido que Él lo recoja. Y cada vez que lo hago, recuerdo por qué vale la pena: Él ya me dio todo primero. No guardó nada para sí. Entregó a su Hijo, entregó su amor sin medida, entregó todo por mí.

Si Él no se reservó nada, ¿cómo no darle yo lo poco que tengo, entero? Hoy vuelvo a ofrecerle mi corazón completo, sabiendo que Él sabe qué hacer con cada pedazo.

Oración

Señor, vengo a Ti tal como estoy, con el corazón dividido y la mente que corre en mil direcciones. Perdóname por darte tantas veces las sobras, los ratos cansados, la atención repartida. Tú mereces todo de mí, y hoy quiero dártelo. Recibe mi corazón completo, aunque venga con miedos. Recibe mi alma cansada, aunque no sepa descansar bien. Recibe mi mente inquieta, aunque se distraiga con facilidad. Ayúdame a volver a Ti cada día, no solo hoy, sino mañana y siempre, tomando de nuevo la decisión de amarte por encima de todo. Recuérdame que Tú me amaste primero, que no te reservaste nada, que lo entregaste todo por mí en la cruz. Que ese amor tan entero me enseñe a entregarme entera. No quiero amarte a medias, Señor. Quiero amarte con todo lo que soy, y confiar en que Tú sabes qué hacer con cada parte de mí. Toma mi vida completa y hazla tuya. En el nombre de Jesús, amén.

Para reflexionar

  • ¿En qué momentos del día le doy a Dios solo las sobras de mi atención?
  • ¿Qué parte de mí me cuesta más entregarle: el corazón, el alma o la mente?
  • ¿Qué cosas suelen tirar de mí en muchas direcciones distintas?
  • ¿Cómo cambia mi manera de amar a Dios recordar que Él me amó primero?
  • ¿Qué decisión pequeña puedo tomar hoy para reorientarme hacia Él?
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