Aún he de alabar a mi Dios
¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío. — Salmo 42:5 — RVR1960

Hay mañanas en que me despierto y la pena sigue ahí, sentada al borde de la cama como si nunca se hubiera ido. No sé si te ha pasado. No es que haya ocurrido algo nuevo; es que lo viejo todavía pesa. Uno se levanta, pone la cafetera, mira por la ventana, y por dentro no siente nada más que un cansancio antiguo.
Esa mañana no tenía palabras para orar. Abrí la Biblia sin saber muy bien qué buscar y me detuve en un lugar donde alguien, hace miles de años, escribía casi con mis mismas ganas de rendirse: «¿Por qué te abates, oh alma mía?». Me sorprendió encontrar un salmo tan honesto. No fingía que todo estaba bien. No me pedía sonreír. Solo hacía una pregunta y luego, con una firmeza suave, se daba una orden a sí mismo: «Espera en Dios; porque aún he de alabarle».
Me quedé mirando esa palabra: *aún*. Es una palabra pequeña, pero cabe mucho adentro. Quiere decir «todavía no, pero un día sí». Quiere decir que la tristeza tiene la primera palabra, pero no la última.
Esa mañana no sentí ganas de alabar. Pero entendí algo: la alabanza no siempre empieza en el corazón. A veces empieza en el cuerpo. Me puse de pie junto a la ventana y, sin sentir casi nada, levanté las manos hacia el cielo que apenas clareaba. Fue un gesto torpe, casi vacío. Pero era una dirección. Estaba mirando hacia arriba, no hacia abajo.
Y descubrí que las manos pueden ir primero y el corazón puede alcanzarlas después. No al instante. No siempre el mismo día. Pero la alabanza no era una emoción que yo debía fabricar; era un rumbo que yo podía elegir. Cara al amanecer, no cara al suelo.
Si hoy tú estás sentado con una pena que no se resuelve, quiero decirte que estoy contigo, y que no tienes que fingir. Solo prueba levantar las manos, aunque no sientas nada. Deja que el gesto le enseñe el camino al corazón. Espera en Dios. Aún has de alabarle, salvación tuya y Dios tuyo.
Oración
Señor, vengo a Ti tal como estoy esta mañana, con esta pena que no sé cómo soltar. No tengo palabras bonitas ni un corazón que rebose. Tengo esta pregunta cansada: ¿por qué se abate mi alma? Pero también tengo esa palabra pequeña que me dejaste: *aún*. Todavía he de alabarte. Todavía hay un día en camino en que volveré a cantar.
Hoy elijo levantar las manos hacia Ti, aunque no sienta casi nada. Que este gesto sea mi manera de mirar hacia arriba y no hacia el suelo. Sé Tú la esperanza que sostiene lo que mi corazón todavía no alcanza a sentir. No te pido que la tristeza desaparezca de golpe; te pido que camines conmigo dentro de ella.
Eres mi salvación y mi Dios. En Ti espero. Enséñame a alabarte como una dirección y no solo como una emoción, y ve trayendo despacio a mi corazón detrás de mis manos. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué pena estoy cargando hoy que todavía no se ha resuelto?
- ¿Qué significa para mí la palabra ‘aún’ en el Salmo 42:5?
- ¿He esperado a sentir ganas antes de alabar a Dios? ¿Cómo sería alabar como una decisión?
- ¿Qué gesto físico sencillo podría hacer hoy para mirar hacia arriba y no hacia abajo?
- ¿Dónde he visto a Dios sostenerme incluso cuando mi corazón iba atrasado?



