Devocionales

Bienaventurados los que hacen la paz

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Bienaventurados los que hacen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. — Mateo 5:9 — RVR1960

Bienaventurados los que hacen la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

El pleito empezó por una torre de bloques. Mi hija mayor había construido con paciencia una casita de colores, y su hermano menor, sin más ceremonia, la derribó de un manotazo. Vinieron los gritos, las lágrimas, la lista de agravios. Y yo, cansada al final del día, sentí la tentación de siempre: separarlos. Cada uno a su rincón, un juguete para cada uno, silencio a cambio de distancia.

La distancia es fácil. Basta con levantar un muro y llamarlo paz. Pero mientras los mandaba a esquinas opuestas, algo me detuvo. Eso no era paz; era solo ausencia de ruido. Los dejaba enojados, solo que callados. Y yo sabía, en lo hondo, que Dios no me trató así. Cuando yo era su enemiga, Él no me mandó a un rincón. Se acercó. Cruzó la distancia. Pagó el precio para reconciliarme consigo mismo.

Entonces hice algo más difícil que separar. Me arrodillé entre los dos. Puse una mano en el hombro de ella y otra en el de él. No para darle la razón a nadie, sino para abrir un puente. «Él está triste porque tumbó tu casa sin querer. Tú estás triste porque trabajaste mucho.» Los dos me miraron, todavía con el ceño fruncido. Y despacio, muy despacio, el hermano menor levantó un bloque y lo puso en la mano de su hermana.

Ahí entendí la diferencia. Guardar la paz es mantener a las personas apartadas para que no choquen. Hacer la paz es meterse en medio del choque, con humildad, y ayudar a que dos corazones vuelvan a tocarse. Uno cuesta silencio; el otro cuesta valor.

Jesús no dijo «bienaventurados los que evitan los conflictos». Dijo «bienaventurados los que hacen la paz». Hacer implica trabajo, riesgo, renunciar a tener siempre la razón. Implica preferir la relación por encima del argumento. Y a los que hacen esto, Dios les pone su propio apellido: serán llamados hijos de Dios. Porque están haciendo lo que su Padre hizo primero por ellos.

Esa noche no controlé el resultado. No pude obligarlos a abrazarse. Solo me paré en el medio y ofrecí gracia. Lo demás fue obra del Espíritu. Y aprendí que ser pacificadora no es tener las manos limpias, sino tenerlas ocupadas en tender puentes.

Oración

Señor, tú eres el Dios de la paz, y no la que se compra con distancia, sino la que se conquista con amor. Cuando yo era tu enemiga, no me mandaste a un rincón; viniste hasta mí, pagaste el precio y me reconciliaste contigo. Gracias por ese corazón que cruza el conflicto en lugar de evitarlo.

Confieso que muchas veces prefiero la paz fácil: el silencio, la distancia, el muro. Prefiero tener la razón antes que tener la relación. Perdóname, Padre. Enséñame a hacer la paz de verdad, la que se mete en medio del dolor con humildad y con gracia.

Dame el valor de acercarme a quien está en conflicto, de tender puentes en lugar de levantar paredes. Ayúdame a soltar el resultado en tus manos; yo ofreceré la gracia, y tú harás la obra en los corazones. Que en mi casa, con mis hijos, con mis vecinos, se vea reflejado tu corazón reconciliador. Y si me llaman hija tuya por hacer la paz, que sea porque me parezco un poco más a ti. En el nombre de Jesús, el Príncipe de Paz. Amén.

Para reflexionar

  • ¿Dónde en mi vida he confundido la ausencia de conflicto con la verdadera paz?
  • ¿Con quién estoy manteniendo distancia en lugar de tender un puente?
  • ¿Qué me cuesta más soltar: tener la razón o mantener la relación?
  • ¿Cómo cruzó Dios la distancia para reconciliarme consigo mismo, y cómo puedo imitarlo esta semana?
  • ¿Qué resultado necesito soltar en las manos de Dios, ofreciendo gracia sin controlar el desenlace?
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