Bueno es Jehová para con todos
Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras. — Salmo 145:9 — RVR1960

La primera vez que entendí un «no» de Dios fue con algo pequeño y hasta gracioso. Mi sobrina de cuatro años me pidió una segunda paleta helada justo antes de la cena. Yo le dije que no, y ella me miró con una indignación tan sincera que casi me río. Para ella yo era el villano de la tarde. No veía el plato de comida que ya estaba servido, ni sus dientes, ni el dolor de estómago que le habría dado. Solo veía la nevera cerrada y a mí bloqueándola. Su «no» era, en realidad, un cuidado que ella no alcanzaba a comprender.
Y me gustaría dejarlo ahí, en esa versión fácil. Porque suena ordenado: Dios dice no y siempre hay una buena razón escondida. Pero sería deshonesto de mi parte.
Hay oraciones que no eran caprichos. Oré por una sanidad que tenía todo el sentido del mundo. Pedí que una puerta no se cerrara, y se cerró. Rogué por un milagro claramente bueno, y el milagro no vino. Y no puedo pararme aquí y decirte que descubrí la razón, porque no la descubrí. A veces lo que pedimos es sencillamente bueno, y la respuesta sigue siendo no.
En ese lugar seco, sin explicaciones, me senté como un niño pequeño frente a un horizonte demasiado grande. Y descubrí que tenía permiso de llorar. Permiso de preguntar. Hasta permiso de estar enojada. Dios no se asustó de nada de eso.
Lo que aprendí no fue una respuesta, sino un ancla. La bondad de Dios no depende de si me concede lo que le pido. «Bueno es Jehová para con todos», dice el salmo, y lo dice sin condiciones, sin letra chica. Su bondad descansa en quién Él es, no en lo que hace o deja de hacer por mí.
Él sigue siendo bueno cuando el milagro no llega. Sigue estando cerca. Y me atrevo a creer que se sienta a llorar a mi lado, en vez de darme un discurso. Entregarme no fue rendirme a la desesperación. Fue soltar mis manos vacías en las suyas, que nunca lo están.
Oración
Padre, vengo con las manos vacías y el corazón cansado. Oré por cosas buenas y no siempre recibí lo que pedí. Confieso que hay días en que no entiendo, en que hasta me enojo, en que el silencio me duele más que un no claro. Gracias porque no te espantas de mis preguntas ni de mis lágrimas. Gracias porque no me pides que finja estar bien.
Ayúdame a anclar mi fe en quién eres tú, y no en lo que me concedes. Enséñame que sigues siendo bueno aun cuando el milagro no viene, que sigues estando cerca aun cuando la puerta se cierra. Cuando no pueda ver la razón, dame la gracia de descansar en tu carácter, que no cambia.
Hoy suelto mis manos vacías en las tuyas. No porque haya dejado de doler, sino porque sé que tú estás conmigo en el dolor. Bueno eres, Señor, para conmigo. Ayúdame a creerlo hoy. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Qué oración buena sientes que Dios no ha respondido como esperabas?
- ¿Qué emociones has escondido de Dios por miedo a que se enoje contigo?
- ¿En qué has estado apoyando tu fe: en los resultados o en el carácter de Dios?
- ¿Qué significaría para ti soltar tus manos vacías en las de Dios hoy?
- ¿Dónde has sentido a Dios cerca, incluso en medio del dolor sin respuesta?




Doy gracias por la certeza de la fé que has sembrado en mi corazón. Aunque a veces no comprendo Tu silencio a mis súplicas, yo confío en que Tus caminos son perfectos. Nunca me dejes mi Señor y mi Dios.
Si la mayoría de las veces la respuesta es NO, porque Jesús en los evangelios promete en varias ocasiones que lo que pidamos con fe en su nombre el Padre nos lo concederá. Me es muy triste y contradictorio el silencio de Dios en el sufrimiento y la necesidad vs las promesas de Jesús, tanto que en ocasiones debilita mi fe.
QUE EL SIGUE A MI LADO Y DE MI HIJO EMMANUEL AUN CUANDO A VECES NO LO SIENTO
AUN SIGO AQUI POR SU MISERICORDIA HE PODIDI SEGUIR
ESA EXPERIENCIA DE NO RECIBIR LO QUE PEDIA FUE CUANDO MI MAMA SE FUE Y LA VERDAD AUN NO LO ENTIENDO AUNQUE SOBREVIVA AUNQUE PAREZCA QUE ESTOY BIEN GRACIAS PADRE HERMOSO GRACIAS CON MUCHO DOLOR AUN