Con amor eterno te he amado
Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia. — Jeremías 31:3 — RVR1960

Una noche, mientras arropaba a mi hija Elena, ella me miró con esos ojos que todavía no conocen la duda y me dijo: «Mamá, yo te quiero hasta donde termina el cielo». Sonreí, le acomodé la cobija y le pregunté, jugando: «¿Y dónde termina el cielo?». Ella lo pensó un momento, con toda la seriedad de sus seis años, y respondió: «No termina. Por eso te quiero así».
Me reí bajito, le di un beso y apagué la luz. Pero al salir de su cuarto me quedé parada en el pasillo, con esa frase pegada al pecho. «No termina». Sin querer, mi niña había dicho algo más grande de lo que ella entendía. Yo, que llevaba semanas midiendo mi valor por lo que lograba, por lo que fallaba, por lo que otros pensaban de mí, me quedé desarmada.
Porque así es como Dios me ama. No hay una altura donde su amor se acabe. No hay un fondo donde uno caiga tan bajo que ya no lo alcance. No hay una pared al final, un límite donde diga: «hasta aquí te quise». Su amor no tiene borde.
Y pensé en mis peores días. En la vez que grité y me arrepentí. En las noches en que me sentí demasiado cansada para orar. En los momentos en que me creí un fraude. En todos ellos, ya estaba amada. No después de portarme bien, no cuando por fin lo mereciera. Ya. Con un amor que venía de antes de que yo naciera y que seguiría cuando yo ni me acordara de contarlo.
Jeremías lo dijo así: «Con amor eterno te he amado». Eterno. Es decir, sin principio y sin fin. Un amor que no depende de mi buen humor, ni de mi fe firme, ni de mi productividad. Un amor que es una Persona, no una recompensa.
Esa noche volví a la cama de Elena, la miré dormir y le susurré lo que ella me había enseñado sin saberlo: «A ti también te aman así, mi amor. Hasta donde no termina el cielo». Y por primera vez en mucho tiempo, me dormí sintiéndome pequeña y completamente sostenida a la vez.
Oración
Padre, gracias por un amor que no puedo medir. He pasado tanto tiempo tratando de ganarme lo que Tú ya me diste gratis. Perdóname por creer que tu cariño sube o baja según mi día, según mis aciertos o mis caídas. Hoy quiero descansar en la verdad de que me amaste antes de que yo hiciera nada, y que me sigues amando cuando fallo, cuando dudo, cuando estoy demasiado cansada para acercarme. Tu amor no tiene techo que yo pueda alcanzar, ni fondo donde yo pueda caer fuera de tu mano, ni pared donde termine. Enséñame a vivir desde ese amor y no para conseguirlo. Cuando la voz que me acusa me diga que no valgo, recuérdame que Tú me llamaste con amor eterno. Que mi identidad no está en lo que produzco, sino en que soy tuya. Ayúdame a amar a los demás con un poco de esa misma anchura, empezando por los que viven bajo mi techo. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué áreas de tu vida sientes que debes ‘ganarte’ el amor de Dios?
- Recuerda uno de tus días más bajos. ¿Puedes creer que en ese momento ya eras amado por Dios?
- ¿Qué cambiaría en tu manera de vivir si de verdad creyeras que el amor de Dios no tiene límite?
- ¿Quién en tu vida necesita escuchar hoy que es amado sin condiciones?
- Escribe una frase corta que quieras recordar cada vez que dudes de tu valor.



