Con mi Dios saltaré el muro
Contigo desbarataré ejércitos, y con mi Dios asaltaré muros. — Salmo 18:29 — RVR1960

Frente a mí había una pared que no sabía cómo cruzar. No era de piedra ni de ladrillo: era una decisión que llevaba semanas dando vueltas, un asunto en casa que se había atascado y no cedía por más que yo empujara. Me imaginaba a mí misma con las dos manos apoyadas contra ese muro, empujando con todo el cuerpo, convencida de que si me esforzaba un poco más, si pensaba mejor, si controlaba cada detalle, al fin lograría pasar al otro lado.
Pero el muro no se movía. Y yo terminaba cada día más cansada, con los brazos temblando y el corazón apretado. Empujar más fuerte no me estaba llevando a ninguna parte. Solo me estaba dejando exhausta.
Una tarde, sin fuerzas ya para seguir peleando, me senté. Simplemente dejé de empujar. Quité las manos de la pared. Y en ese silencio incómodo, casi sin quererlo, oré: «Señor, ya no puedo con esto. No sé cómo cruzar. Hazlo Tú.»
Fue entonces que recordé las palabras de David: «Con mi Dios asaltaré muros.» David no dijo que él era muy alto, ni muy fuerte, ni muy hábil para trepar. Dijo con mi Dios. La fuerza que lo levantaba por encima del muro no era la suya. Era prestada. Era regalada.
Y entendí algo que se me olvida a menudo: la rendición no es debilidad, es sabiduría. Dejar de empujar no era darme por vencida; era ponerme por fin en las manos correctas. Yo había estado tratando de trepar con mis propias uñas un muro que solo Dios podía cruzar conmigo.
No sé si mi obstáculo se resolvió esa misma noche. Pero algo cambió dentro de mí. Dejé de sentir que todo dependía de mi esfuerzo. Empecé a esperar, quieta, confiando en que el Dios que levantó a David también me levantaría a mí.
Tal vez tú también tienes hoy un muro delante. Algo demasiado alto, demasiado firme, que no cede por más que empujas. Amiga, amigo: quita las manos de la pared. Quédate quieto. Ora. Y espera. Ningún muro es demasiado alto para tu Dios.
Oración
Padre, vengo cansada de empujar. He estado tratando de cruzar sola muros que son demasiado altos para mí, apoyándome en mi propia fuerza hasta quedar sin aliento. Hoy quito las manos de la pared y las pongo en las tuyas. Confieso que muchas veces confundo el afán con la fe, y creo que todo depende de mi esfuerzo. Perdóname por olvidar que Tú eres quien levanta, quien sostiene, quien lleva por encima de lo imposible. Como David, quiero decir con confianza que contigo saltaré cualquier muro, no por mi habilidad, sino por tu poder. Enséñame a rendirme sin miedo, a estar quieta sin ansiedad, a esperar sin desesperar. Dame la paz de saber que Tú no me has dejado sola frente a este obstáculo. Levántame donde no puedo trepar. Cárgame donde no puedo caminar. Y que al mirar atrás pueda ver que fue tu mano, y no la mía, la que me pasó al otro lado. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿Cuál es el muro que tengo hoy delante, esa cosa que no cede por más que empujo?
- ¿En qué momentos confundo el esfuerzo agotador con la fe verdadera?
- ¿Qué significaría hoy, en la práctica, quitar las manos de la pared y quedarme quieto?
- ¿Recuerdo alguna vez en que Dios me llevó por encima de algo que yo no podía cruzar sola?
- ¿Qué oración de rendición necesito hacerle hoy a Dios sobre este obstáculo?



