Cristo es la fuerza que me sostiene
Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. — Filipenses 4:13 — RVR1960

Ayer, en el patio de la casa, mi sobrino de seis años decidió que iba a mover una maceta enorme de un lado a otro. La maceta estaba llena de tierra húmeda y era casi tan alta como él. Yo lo miraba desde la cocina, seguro de que no podría. Empujó, empujó, y no se movía ni un poco. Entonces vino su abuelo, se puso detrás de él, puso sus manos junto a las suyas, y entre los dos la maceta empezó a deslizarse despacio por el piso. El niño reía como si él solo lo hubiera logrado.
Me quedé pensando en esa imagen todo el día. Porque así me siento muchas veces frente a mis propias cargas: empujando cosas que no ceden, gastando fuerzas en algo que no se mueve, agotándome antes de tiempo. Y creo, como el niño, que todo depende de mis brazos.
Pero hay unas manos detrás de las mías. No siempre las veo, pero están. Cristo no me quita el peso para que yo mire desde la ventana; se pone conmigo, empuja conmigo, y me presta la fuerza que me falta justo cuando la necesito.
Siempre me equivoco creyendo que debo ser fuerte primero, y después enfrentar la dificultad. Como si tuviera que llegar entrenado. Pero Dios no me pide fuerza acumulada. Me pide que empiece a empujar, y en ese momento aparecen sus manos. Su gracia no se guarda en una despensa para el futuro; llega fresca cada mañana, a la medida exacta del día.
Pablo lo aprendió en su debilidad. No dijo «todo lo puedo porque soy fuerte». Dijo «todo lo puedo en Cristo que me fortalece». La fuerza no era suya. Y cuando le pidió a Dios que le quitara su espina, la respuesta fue distinta a la que esperaba: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad».
Hoy dejo de fingir que puedo sola. Pongo mis manos en la carga y confío en que otras manos, más fuertes y más fieles, ya están puestas junto a las mías.
Oración
Señor, gracias porque no me dejas sola frente a lo que me pesa. Muchas veces empujo con mis propias fuerzas hasta cansarme, olvidando que tú estás detrás de mí, listo para sostener conmigo. Perdóname cuando quiero llegar fuerte por mi cuenta, como si tu ayuda fuera solo para las emergencias grandes. Enséñame a empezar cada tarea apoyada en ti, a pedir tu fuerza antes de gastar la mía. Recuérdame que tu gracia no se me da adelantada para todo el mes, sino nueva cada mañana, exacta para el día que tengo delante. Cuando me sienta débil, ayúdame a no esconder esa debilidad, sino a ofrecértela, porque en ella tu poder se muestra completo. Gracias porque no dependo de lo que yo tenga, sino de lo que tú eres. Hoy pongo mis manos en lo que me toca cargar y confío en que las tuyas ya están ahí. En el nombre de Cristo, que es mi fuerza. Amén.
Para reflexionar
- ¿Qué carga estoy tratando de mover solo con mis propias fuerzas hoy?
- ¿En qué momentos he sentido que la fuerza de Dios llegó justo cuando la necesitaba, ni antes ni después?
- ¿Por qué me cuesta tanto reconocer mi debilidad delante de Dios?
- ¿Qué cambiaría en mi día si empezara cada tarea pidiendo su fuerza primero?
- ¿Dónde necesito dejar de empujar solo y confiar en que sus manos ya están junto a las mías?
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