Cristo murió por mí siendo yo pecador
Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. — Romanos 5:8 — RVR1960

Hace unos días leí en el periódico sobre un hombre que salió libre. Había cometido algo grave, y sin embargo, por un tecnicismo, caminó fuera de aquellos muros como si nada hubiera pasado. Recuerdo que cerré el periódico con fuerza. Me molestó. «No es justo», pensé. «Él no merece esa libertad».
Esa tarde, mientras lavaba los platos, la frase seguía dándome vueltas. «No merece esa libertad». Y de pronto, sin buscarlo, algo se movió dentro de mí. Fue como si una voz muy suave me preguntara: «¿Y tú, sí la mereces?».
Me quedé quieta con las manos en el agua tibia. Porque la verdad es que yo también he sido esa persona que camina libre sin merecerlo. He guardado rencores. He callado cuando debía hablar y hablado cuando debía callar. He querido controlar lo que solo a Dios le pertenece. Y aun así, sigo aquí, respirando, amada, sostenida.
Entonque entendí que había estado mirando la escena desde afuera, como un espectador indignado. Pero el evangelio no me deja en la tribuna. Me pone dentro de la celda. Me pone en el lugar del acusado, no del juez.
Y ahí, justo ahí donde no tengo nada que ofrecer, es donde aparece la gracia. Romanos lo dice sin adornos: Cristo murió por nosotros «siendo aún pecadores». No cuando ya nos habíamos corregido. No cuando ya lo merecíamos. Antes. Mientras todavía dábamos la espalda.
Imaginé a una niña pequeña de pie en un lugar amplio y blanco, con los brazos abiertos hacia el cielo, las manos vacías, recibiendo algo que nadie le cobra. Así me sentí. Sin nada en las manos y, sin embargo, colmada.
La gracia no es un premio que se gana. Es un regalo que se recibe con las manos abiertas. Yo era la que debía quedarse en la celda, y Alguien pagó por mi salida.
Quizás hoy tú también estés mirando desde afuera, midiendo quién merece y quién no. Deja que el Señor te mueva de la tribuna a la celda, y de la celda a la puerta abierta. No tienes que merecerlo. Solo levanta las manos y recibe.
Oración
Padre, hoy me quito la toga de juez y me reconozco necesitada de ti. Por mucho tiempo miré desde lejos, señalando a otros, midiendo quién merecía tu bondad. Y hoy comprendo que yo misma estaba en la celda, sin nada que ofrecerte, sin mérito que presentar.
Gracias porque no esperaste a que yo fuera buena. Gracias porque Cristo murió por mí cuando todavía te daba la espalda, cuando aún era pecadora. No hay amor más grande que ese. No hay gracia más pura que la que se entrega antes de ser merecida.
Ayúdame a recibir tu perdón con las manos abiertas, sin intentar pagarlo, sin creer que debo ganarlo. Enséñame a vivir como quien ha sido liberado y no como quien todavía carga con la condena. Y donde yo sea dura con otros, recuérdame que también a mí me alcanzó tu gracia sin merecerla.
Hoy levanto las manos vacías y las dejo llenar por tu amor. Gracias, Señor, por hacerme libre. En el nombre de Jesús, amén.
Para reflexionar
- ¿En qué situación reciente me he sentido como espectador indignado, midiendo quién merece y quién no?
- ¿Qué significa para mí que Cristo murió por mí «siendo aún pecador», antes de que yo lo mereciera?
- ¿Hay algún perdón que estoy intentando ganar en lugar de recibir como regalo?
- ¿A quién necesito mirar con la misma gracia con la que Dios me ha mirado a mí?
- ¿Cómo sería mi día de hoy si viviera como alguien que ya fue liberado, y no como alguien todavía condenado?



